Aquí, donde ya nadie corre, nos siguen alcanzando las balas

5:30 de la mañana era la hora en que ya me alistaba para iniciar mi recorrido cotidiano de
diez kilómetros. El punto de salida era la plaza central de Orihueca, desde donde recorría el
trayecto hasta la conocida carretera negra de La Gran Vía, para luego regresar al punto de
inicio. En la plaza, un hombre muy reconocido en el pueblo, apodado ‘el mello’, despachador
de buses, solía decir: ¡Joda, ese man sí corre!, al ver que cada día mi tiempo de recorrido se
hacía más corto.
Cómo añoro esos tiempos en los que salía a correr desde muy temprano, sin temor a nada.
Mi único miedo era el “dolor de bazo” o que algún imprudente en moto me atropellara, siendo
esta última la causa de mi retiro forzado del atletismo. Pero hoy, el miedo va mucho más allá
de cualquier dolor físico o imprudencia. Las muertes, una tras otra, han llenado de silencio
los caminos.
Hoy es el estruendo de una moto lo que sobresalta, el eco seco de los disparos a lo lejos, el
rumor constante de que mataron a otro, de que amanece un cuerpo en una quebrada o tirado
en las trochas que antes transitaba sin pensarlo dos veces. Los mismos caminos que recorría
en las madrugadas hoy son rutas de miedo. Escenarios de silencios densos, de miradas que
pesan más que las piernas después de los diez kilómetros. Cada tanto alguien comenta que
es mejor no salir mucho, que no se sabe. Siempre ese “no se sabe” que se ha vuelto costumbre,
como si todos estuviéramos esperando algo que ya viene en camino, pero no sabemos cuándo
ni cómo.
A veces me sigo despertando temprano, por costumbre. No para correr, sino porque el cuerpo
aún recuerda lo que era vivir sin miedo. Entonces me quedo quieto, escuchando. Ya no se
oyen carcajadas ni saludos alegres. Solo murmullos. Todos hablamos bajito ahora, con la
mirada esquiva, como si el peligro nos escuchara.
Los mototaxistas de la plaza andan uniformados, no por estética ni por orden municipal,
porque los de arriba así lo impusieron. Nadie pregunta por qué, y mucho menos quiénes son
ellos. Aquí todo se obedece en silencio.
Hoy, 9 de octubre de 2025, el pueblo guarda un silencio profundo. ‘El mello’, quien solía reír
cada vez que me veía correr, fue asesinado hace dos días y hoy será su entierro.
Y mientras la gente lo despide en silencio, con esa mezcla de dolor y miedo que se volvió
parte del paisaje, yo no puedo evitar recordar sus palabras:
—¡Joda, ese man sí corre!
Qué ironía. Aquí, donde ya nadie corre, nos siguen alcanzando las balas

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