Por Fabio Silva Vallejo. Profesor y director del Grupo Oraloteca. Universidad del Magdalena
Por estos días, más de mil personas se reunieron en Santa Marta para hablar de la transición energética. Cinco días de diálogos, intervenciones, reflexiones y consensos aparentes. Y, sin embargo, al final no hubo documento, ni acuerdos, ni hoja de ruta. Nada.
Pero lo verdaderamente inquietante no es la ausencia de resultados. Es que, en el fondo, nadie parecía esperar que los hubiera.
La transición energética: el tema que no se quiso tocar
Si algo quedó claro en Santa Marta es que la transición energética se ha convertido en el gran consenso discursivo… y en el mayor desacuerdo político. Todo el mundo habla de ella. Nadie define cómo hacerla.
Porque hablar en serio de transición energética implica responder preguntas que estos espacios evitan cuidadosamente:
- ¿Qué países están dispuestos a dejar de explotar petróleo, gas y carbón?
- ¿Qué economías están preparadas para renunciar a esas rentas?
- ¿Quién asume los costos sociales de esa transformación?
Sin esas respuestas, la transición energética se convierte en una consigna vacía: una promesa sin contenido, una política sin conflicto. Y sin conflicto no hay política.
La transición ya está ocurriendo… y también sus conflictos
Lo más problemático es que, mientras en Santa Marta se evitaba tomar decisiones, la transición energética ya está avanzando en los territorios. Y no precisamente como se narra en los discursos. En regiones como La Guajira, el avance de grandes proyectos eólicos y solares impulsados por multinacionales ha abierto un nuevo ciclo de conflictividad con el pueblo Wayuu.
Allí, la llamada “energía limpia” ha generado tensiones profundas:
- disputas por el uso del territorio ancestral,
- procesos de consulta cuestionados o fragmentados,
- promesas de desarrollo que no se materializan,
- impactos culturales y sociales poco reconocidos.
La paradoja es evidente: la transición energética, presentada como solución global, está reproduciendo formas locales de despojo. Y este es quizás el punto más grave de lo ocurrido en Santa Marta: se habló de transición energética sin hablar de sus conflictos reales.
Un lenguaje que encubre decisiones
En lugar de enfrentar esas tensiones, la conferencia optó por el lenguaje seguro:
- sostenibilidad,
- resiliencia,
- transición justa.
Palabras necesarias, sí. Pero cada vez más peligrosas cuando funcionan como sustituto de decisiones reales. Porque mientras se habla de transición energética, no se dice lo esencial: no hay transición sin reducción efectiva de los combustibles fósiles, pero tampoco hay transición justa si se construye sobre nuevas formas de despojo.
El ritual del cambio sin transformación
Estas conferencias se han convertido en una forma sofisticada de administrar la crisis. Se convoca, se discute, se escucha —o se simula escuchar— y se produce la sensación de que algo está pasando. Pero no pasa nada.
Se habla de transición energética sin tocar las estructuras que la hacen posible ni los conflictos que ya está generando. Se produce discurso sin alterar el modelo extractivo… ni el modelo de intervención territorial.
La Sierra como escenario de la transición
Pero hay algo aún más problemático: cómo se utilizó el territorio. La Sierra Nevada de Santa Marta fue presentada como símbolo de sostenibilidad, como referente ético para pensar la transición energética. Se invocó su equilibrio, su sabiduría, su relación con la naturaleza. Pero no se le reconoció poder. La Sierra fue convertida en argumento moral para la transición, pero no en actor político de la transición.
El indígena y la transición que no decide
Lo mismo ocurrió con los pueblos indígenas. Fueron invitados, escuchados, aplaudidos. Sus palabras circularon, sus saberes fueron citados, su presencia celebrada. Pero en términos de decisión, su papel fue marginal. No es exagerado decir que, en muchos casos, fueron convidados de piedra. Su presencia cumple una función clara: legitimar el evento, darle profundidad, conectar el discurso climático y sus posibles soluciones a través de las transiciones con una idea de ancestralidad y equilibrio. Pero esa inclusión no se traduce en poder. Se trata de una forma de multiculturalismo cómodo: se reconoce la diversidad, pero no se redistribuye la capacidad de decidir. El indígena aparece, pero no incide. Habla, pero no define. Y así, el conocimiento ancestral —tan invocado en los discursos— termina reducido a ornamento retórico.
Y esto resulta aún más problemático cuando, en otros territorios como La Guajira, son precisamente esos pueblos los que están enfrentando las consecuencias concretas de esa transición. Se construye así una transición energética “incluyente” en el discurso, pero excluyente en la práctica.
El Caribe frente a la transición energética
Que esto ocurra en el Caribe no es casual. Históricamente, esta región ha sido utilizada como puerto, como frontera, como paisaje. Hoy también como escenario climático y energético. Se viene al Caribe a hablar del futuro del planeta, pero ese futuro no se construye desde aquí. Se repite una vieja estructura: el centro decide, la periferia representa. Y mientras tanto, territorios como el Caribe, profundamente vulnerables al cambio climático y a las políticas energéticas, siguen sin incidir en las decisiones que definirán su propio destino
Hablar para no transformar
Lo ocurrido en Santa Marta no es un fracaso aislado. Es una confirmación. La transición energética se ha convertido en el nuevo lenguaje del poder climático: un concepto que permite hablar de cambio sin alterar las relaciones que lo sostienen. Se habla de transición, pero se aplaza la decisión. Se invoca el futuro, pero se reproducen las desigualdades del presente. Hablar del clima sin tocar la transición energética ya es problemático. Pero hablar de transición energética sin mirar sus efectos en territorios como La Guajira es, en el fondo, otra forma de ceguera política.