Hay imágenes que no deberían dejar de interpelarnos. No porque debamos apartar la mirada de la violencia que ha marcado la historia de Colombia, sino porque precisamente esa violencia nos obliga a preguntarnos cómo estamos mirando y qué estamos legitimando. En muchos contextos, incluso después de la muerte, el cuerpo continúa siendo utilizado para transmitir mensajes, demostrar poder o construir una idea de victoria.

En los últimos días, la exhibición pública de cuerpos de personas muertas en combate volvió a poner sobre la mesa una discusión que trasciende las posiciones políticas. Puede existir una diferencia profunda sobre quiénes fueron esas personas, qué hicieron en vida o cuál fue su participación en un conflicto. Pero hay algo que debería permanecer por encima de esas diferencias: la muerte no debería convertir a un ser humano en un objeto disponible para el espectáculo. La escena resulta incómoda porque expone una relación difícil de ignorar entre poder, violencia y memoria. Más allá de la intención con la que haya sido construida, muestra cómo los cuerpos de quienes han muerto pueden quedar atrapados dentro de un relato político que continúa después de sus vidas. La escena invita a preguntarnos qué significa avanzar cuando el camino está construido sobre la muerte de otros y qué lugar ocupan esas vidas en la idea de triunfo que se pretende transmitir.

Mostrar un cadáver como símbolo de triunfo no es un acto neutral. El cuerpo deja de ser el resto de una vida y pasa a convertirse en un mensaje: un trofeo, una prueba de poder, una herramienta para demostrar que alguien venció y que otro fue derrotado. Y cuando esa transformación ocurre frente a una sociedad que observa, se corre el riesgo de normalizar una idea especialmente peligrosa: que la dignidad puede desaparecer cuando una persona deja de ser considerada como un “igual”. Es allí donde la imagen adquiere otra dimensión. Ya no se trata únicamente de mostrar las consecuencias de la violencia. Se le da estética a la muerte y se la convierte en espectáculo, en mensaje y, finalmente, en propaganda. El cuerpo deja de ser solamente evidencia de un enfrentamiento y pasa a formar parte de una puesta en escena del poder. La muerte, en lugar de provocar reflexión, puede terminar utilizada para producir admiración, justificar una victoria o reforzar un relato.

Hablar del tratamiento de los muertos también es hablar de la sociedad que queremos construir. La pregunta, entonces, no debería ser únicamente si esas personas merecían morir o si pertenecían al bando correcto. La pregunta incómoda es qué nos sucede como sociedad cuando aceptamos que un muerto puede ser utilizado para humillar al adversario. Porque allí la violencia no termina con la muerte: continúa sobre el cuerpo, sobre la memoria y sobre quienes permanecen vivos.

Colombia conoce demasiado bien las consecuencias de deshumanizar al otro. Nuestra historia está llena de cuerpos convertidos en cifras, evidencias, mensajes y silencios. Los llamados falsos positivos constituyen uno de los ejemplos más dolorosos de hasta dónde puede llegar una lógica en la que la vida humana termina subordinada a la necesidad de demostrar resultados, victorias o poder.

Por eso, esta discusión no debería reducirse a una disputa entre simpatizantes y opositores de un gobierno. Tampoco debería convertirse en una defensa de las acciones cometidas por quienes murieron. Reconocer la dignidad de un cuerpo muerto no significa justificar la vida de quien lo habitó. Significa aceptar que nuestros principios éticos no pueden depender de cuánto nos agrade o nos disguste una persona.

Los cuerpos hablan incluso cuando ya no pueden hacerlo. Y la manera en que decidimos tratarlos también habla de nosotros. Quizás por eso algunas imágenes incomodan tanto: porque no solamente muestran lo que ocurrió, sino que también nos obligan a decidir qué estamos dispuestos a normalizar como sociedad.