¿Por qué cada 8 y 9 de junio sigue incomodando en Colombia? Las heridas abiertas por los momentos más álgidos de las luchas sociales, estudiantiles y sindicales, así como por la represión y la violencia estatal, el reclutamiento y el ingreso del paramilitarismo a las universidades públicas, hacen que cada 8 y 9 de junio estas fechas nos obliguen a volver la mirada hacia los estudiantes caídos en la lucha por la justicia social y contra las desigualdades históricas que han atravesado al país.
El 8 y 9 de junio nos remiten a un imaginario de nación construido, en buena medida, sobre la violencia, la represión y el ejercicio de la fuerza por parte del aparato estatal y de otros actores paraestatales. Recordar estas fechas implica, por tanto, confrontar un pasado que continúa presente y cuyas consecuencias aún atraviesan la vida política, social y universitaria del país.
Ante todo, estas fechas representan un desafío para la memoria: un espacio en permanente disputa en el que se confrontan símbolos, relatos y versiones sobre el pasado. Recordar a quienes fueron asesinados y perseguidos por sus luchas no constituye únicamente un ejercicio de rememoración, sino también una apuesta por la verdad, la justicia y la construcción de garantías para la no repetición.
Para comprender la relevancia que le han dado los movimientos estudiantiles a esta fecha, debemos desentrañar la historia de la violencia en Colombia y tal vez uno de los hechos más dolorosos para nuestra región, un hecho que devela la naturaleza del Estado colombiano y de la injerencia norteamericana: la masacre de las bananeras. Recordemos que en diciembre de 1928, hubo una huelga general de trabajadores bananeros de la United Fruit Company. El ejército bajo las órdenes del presidente conservador Miguel Abadía Méndez, disparó en contra de los trabajadores dejando una cifra incierta de muertos que ha sido un misterio para nuestra historia.
Meses después de conocerse tan fatídico hecho, el 7 de junio de 1929 estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia salieron a marchar en la ciudad de Bogotá rechazando la masacre y exigiendo justicia para las víctimas. La marcha pacífica llegó hasta el Palacio Presidencial y la fuerza pública arremetió contra los manifestantes, de esta violencia y represión estatal, resultó asesinado el estudiante de Derecho de la Universidad Nacional, Gonzalo Bravo. Su funeral, realizado un día después, el 8 de junio, reunió alrededor de 40 mil personas, un acto de duelo y altamente político que consolidó esta fecha, convirtiéndose en un emblema de las luchas estudiantiles.
25 años después, en el marco de la conmemoración del asesinato de Gonzalo Bravo, el 8 de junio de 1954 se convocó a la peregrinación que anualmente conmemoraba al estudiante caído. Este año era muy particular porque se cumplía el primer aniversario de la dictadura del General Rojas Pinilla, quién intentó mantener todo el ambiente bajo control. Sin embargo, al llegar los manifestantes al Cementerio Central, intentaron prohibir la entrada de la peregrinación. Aún así, los manifestantes ingresaron a rendirle homenaje al estudiante Gonzalo Bravo y al regresar al campus de la Universidad Nacional, se encontraron con una patrulla militar. Los manifestantes pidieron la retirada de los agentes de la fuerza pública, el enfrentamiento estalló y no dio tregua. Nuevamente se repitió la historia, en medio del estallido, cayó el estudiante de medicina y filosofía, Uriel Gutiérrez Restrepo. Al día siguiente, el 9 de junio desde muy temprano, salieron estudiantes a movilizarse en contra del asesinato de Uriel. La movilización fue emboscada e interrumpida por los disparos de la fuerza pública, este nuevo enfrentamiento dejó alrededor de 8 estudiantes muertos.
En la Universidad del Magdalena cargamos nuestros propios muertos: Lesbia Polo, lideresa estudiantil secuestrada, torturada y asesinada en 1998; Hugo Maduro, líder estudiantil asesinado el 26 de mayo del 2000. Fueron muchos los estudiantes que alzaron su voz y se movilizaron en defensa de la Universidad del Magdalena, estudiantes que fueron perseguidos y asesinados, de los cuales no se tiene registro. Ha sido una deuda del movimiento estudiantil universitario que no ha logrado saldar, los nombres y rostros de quienes nos antecedieron en la lucha por la educación superior pública. Esto nos deja muchos interrogantes sobre las memorias, ¿qué ha pasado con las historias de estos estudiantes, acaso han sido borradas para siempre? ¿solo se ha llegado a conocer a Hugo Maduro por su mural en la cafetería central? Y sobretodo sitúa una crítica a las últimas generaciones del movimiento estudiantil, ¿qué hicieron por la verdad, por la memoria de la Universidad del Magdalena?
Pero claro, la Universidad del Magdalena es un caso muy particular, diferente a la Universidad del Atlántico y de la Universidad Popular del Cesar, entre otras universidades de la región que fueron víctimas de la represión estatal y del fenómeno del paramilitarismo. A diferencia de las demás universidades, que han pasado por procesos de reconocimiento como sujetos de reparación colectiva por la violencia del conflicto armado; en la Universidad del Magdalena se han enfrentado dos relatos y visiones de lo que aconteció en los años más difíciles para nuestra alma mater: la negación del paramilitarismo en la Universidad del Magdalena y sus víctimas, y por otro lado, la reivindicación de los líderes que fueron asesinados. La memoria y sobre todo la verdad, están en una constante disputa atravesada por intereses concretos aparentan ser irreconciliables, pero ¿qué se puede hacer por la memoria de la Universidad del Magdalena, por las víctimas?
Entender que pasó en esos años en nuestra Universidad, conocer las voces de quienes lideraron el movimiento estudiantil, sin dudas, nos permitirá entender las lógicas actuales de la Universidad del Magdalena. No solo se trata de ver el hoy con los lentes del ayer, sino por el contrario, entender de que muchas de las cosas en las que hoy hemos avanzado es producto de años de movilización, pero, por otro lado, profundizar en las razones por las cuales hoy hay una parte del movimiento estudiantil y sindical cooptado por la administración.
Sin dudas, el 8 y 9 de junio es una ventana siempre abierta al pasado del movimiento estudiantil en Colombia, repleto de incógnitas y piezas faltantes –incluso sobrantes- de una historia que devela el actuar de un Estado represor. Es también una invitación a los liderazgos actuales y a los que están por venir, a continuar por el camino de la movilización, de la defensa de la educación superior pública y los intereses del pueblo colombiano. No es tarea fácil para los procesos organizativos alternativos de la Universidad del Magdalena, espacio en el cual a veces es muy cómodo decir que no hay pensamiento crítico o conciencia de clase, pero que ignora que estas se construyen en los espacios políticos, entonces, ¿qué espacios se están construyendo hoy día en la Universidad, sí hay una lectura clara y real de la comunidad estudiantil?
El camino siempre será el mismo, no abandonar las memorias del movimiento estudiantil y oponerse a los relatos predominantes. Ese es el legado que heredamos y que, con dignidad debemos conservar.

