Hay palabras que en determinados momentos “históricos” abandonan la esfera privada y se convierten en categorías políticas. Dios, familia, hombre, mujer, maternidad, autoridad, orden, y podemos seguir señalando más y más. Dicho glosario no es nuevo, pero en la Colombia de hoy, atravesada por una coyuntura política de cambios y transiciones, nos genera inquietud el cómo se emplean o, mejor dicho, se vinculan al discurso del gobierno entrante.
Hablar de discurso implica abrir la puerta al análisis de las prácticas, las palabras y los conjuntos de ideas mediante los cuales una sociedad produce y organiza sentidos sobre la realidad. Michel Foucault, en El orden del discurso (1973), plantea que el discurso no surge de manera libre, sino que su producción está históricamente controlada, seleccionada y distribuida por diversos mecanismos de poder. En este sentido, el discurso no solo refleja un contexto histórico, sino que también condiciona los mecanismos que instalan “verdades” y otorga significado a los sujetos y a las cosas. Su poder radica en la capacidad de legitimar narrativas, construir realidades a partir de ellas e incidir en las luchas políticas y sociales a través de quienes lo producen, reproducen y disputan.
A partir de esto, podemos decir que alrededor de categorías como “Religión” “Familia” y “Mujer”, las cuales son nuestro punto de partida en esta discusión, circulan discursos poderosos que por siglos han configurado la manera en la que estos son entendidos en las culturas y replicados por las sociedades. La categoría de “mujer” por ejemplo, ha sido sometida y asociada a discursos mayoritariamente masculinistas y patriarcales que, a pesar de los esfuerzos feministas por descentralizar y cuestionar las formas e ideas antropocéntricas en las que tradicionalmente se producen conocimientos y se sitúa al hombre como modelo universal, donde este define y establece realidades, se siguen replicando discursos que relegan a las mujeres y a otros agentes feminizados a sujetos pasivos, emotivos y dependientes (Saceda, 2010). Lo mismo sucede con el discurso religioso cristiano que coexiste con otros discursos en torno a la supremacía del varón y que estos terminan afectando en cómo se entiende la institución de la familia
Aterrizando en el marco coyuntural político del país y para efectos ilustrativos, analizaremos dos casos que nos inquietaron profundamente motivándonos a la escritura de este artículo. Por un lado, tomaremos las declaraciones realizadas por Ana Lucia Pineda, primera dama de Colombia, durante una de sus conferencias y por el otro la decisión del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) de excluir la palabra niñas en su lenguaje. Con esto buscamos analizar ambos discursos, sus consecuencias y lo peligroso de su fomentación y replicación, como observar la verdadera cara de este gobierno y sus decisiones en cuanto al género, la educación y los derechos de las minorías
El día 19 de junio, la ahora primera dama, Ana Lucía Pineda, se encontraba cerrando su gira “VOCES DE TIGRESA” en la ciudad de Cartagena de Indias, de las tantas cosas que su pintoresco discurso señaló como metas a alcanzar, hubo una que llamó no solo la atención de los medios, sino también la de internautas en diferentes plataformas digitales haciendo que revistas como “El nuevo día” dirigieran una nota específica sobre lo dicho en la conferencia.
Según el “Nuevo día” Pineda expresó su preocupación por la institución de la familia, para ella, la familia se debe proteger, conservar y fundamentar en la fe. Así mismo, delega responsabilidades en los mismos padres de familia presentes, no solo en la crianza sino también en la educación primaria y superior de los niños, con motivos de esto dice lo siguiente “Nosotros tenemos que proteger a nuestros niños también. Nosotros tenemos que devolver a Dios a las escuelas y sacar la ideología de género para que nuestros niños crezcan protegidos”.
La afirmación resulta relevante no solo por lo que plantea sobre la educación, sino que en pocas palabras se construye una determinada idea de protección, los niños deben ser protegidos y dentro de ese discurso, aquello de lo que deben ser protegidos es precisamente la llamada “ideología de género”. Resulta particularmente importante este punto debido a que bajo ella suelen agruparse discusiones relacionadas con género, sexualidad, educación, derechos y diversidad, convirtiéndolas en aquello de lo que supuestamente deben ser protegidos los niños, ¿Tanto miedo le causan los enfoques de género a la primera dama?
En agosto de 2026, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, que es una de las instituciones estatales centrales en materia de protección de la infancia quedo dentro de una controversia por sus directrices sobre el lenguaje institucional. La discusión surgió a partir de una instrucción que planteaba prescindir del término “niñas” en determinadas comunicaciones. Posteriormente, la directora de la entidad María Carolina Restrepo, defendió el uso de la palabra niñez, argumentado que esta comprende tanto a niños como a niñas.
A primera vista podía parecer una disputa gramatical, sin embargo, consideramos problemático reducirla a eso. Cuando una institución estatal decide como nombrar a las poblaciones sobre las cuales interviene, no está tomando una decisión puramente lingüística, está estableciendo de primera mano, las categorías mediante las cuales esas poblaciones serán reconocidas dentro de la administración pública. Con esto queremos decir que el lenguaje institucional no solo describe a los sujetos, sino que también organiza la manera en que se identifican sus problemas, se clasifican sus necesidades y se diseñan las respuestas destinadas a atenderlos. Por esta razón, la defensa de que el término “niñez” incluya tanto a niños como a niñas resulta insuficiente para cerrar la discusión. La discusión alrededor del ICBF ocurre en un momento en el que el género ha dejado de ser presentado únicamente como un campo de derechos o de política pública y ha pasado a constituirse en uno de los principales terrenos de confrontación.
Y es en este punto donde la declaración de Ana Lucía Pineda adquiere un significado que supera su carácter anecdótico, devolver a Dios a la escuela, esto nos obliga a tomar en serio la relación entre religión y poder sin reducirla a una oposición entre creyentes y no creyentes. En Colombia como en buena parte de América Latina, el cristianismo no ha constituido únicamente un sistema de creencias individuales ha participado históricamente en la producción de instituciones, valores, relaciones familiares y concepciones sobre la autoridad. Esto no significa que exista una única tradición cristiana ni que toda experiencia religiosa reproduzca las mismas relaciones de género, significa que la religión posee una historia social y política que no puede ser separada de las formas en que determinadas sociedades han construido lo femenino, lo masculino y la familia.
La asociación entre masculinidad y autoridad, entre feminidad y cuidado, entre maternidad y realización femenina o entre paternidad y provisión económica, son construcciones antiguas y atraviesan instituciones que exceden ampliamente la religión. Sin embargo, una determinada interpretación religiosa puede contribuir a otorgarles una legitimidad que las desplaza del terreno de la discusión social hacia el terreno de lo moralmente incuestionable. Allí reside una de las dificultades del discurso contemporáneo sobre la familia, ya que, su defensa suele formularse como si existiera una institución familiar previa a cualquier conflicto histórico, una especie de unidad natural cuya preservación únicamente requiere protegerla de amenazas externas.
Desde esta perspectiva, nos resulta significativo que el discurso sobre la protección de la infancia se articule con el discurso sobre la familia. La defensa de la familia tradicional no solamente habla de una estructura doméstica, contiene una determinada pedagogía de género, enseña ya sea explícita o implícita: qué se espera de una madre, qué se espera de un padre y qué lugar ocupa cada uno frente a los hijos.
Es necesario dimensionar la violencia simbólica que estas estructuras ejercen contra la mujer y minorías, en sus formas de habitar y de producir conocimiento. No es natural ni neutral los ejes en los cuales se intentan encasillar a los sujetos, como ya dijimos anteriormente, las atribuciones dualistas entre lo femenino y masculino, además de datar de años atrás, son establecimientos jerárquicos patriarcales que se manifiestan en los cuerpos y en sus cotidianidades, desde la división sexual del trabajo hasta las formas de comportamiento en escenarios específicos.
Lo peligroso es cuando se naturalizan estas desigualdades, se empiezan a entender estas narrativas como parte irrefutable de la mujer e incluso, la misma mujer interioriza las ideas dominantes del patriarcado, no porque guste hacerlo, sino que históricamente se le ha despojado y desestimado del valor de su labor en la reproducción social, en la producción de conocimiento y de sus propios cuerpos, que el discurso tiende a ejercer dominación, la asegura y legitima las formas de violencia (Saceda, 2010, p.312). De ahí lo cuestionable del discurso perteneciente al gobierno actual, esta replicación de un discurso violento alusivo al enfoque de género en contra de sujetos que son activos produce conocimientos y saberes locales, y están al frente de sus luchas sociales, solo habla de lo que nos espera en los próximos años
En última instancia, los dos casos que hemos señalado nos permiten observar una misma característica de la coyuntura, el género se está convirtiendo en un terreno privilegiado para disputar el sentido de la transformación política en Colombia. Como tal, la controversia no se limita a la utilización de una palabra ni a la presencia de una referencia religiosa en un discurso, detrás de ambas discusiones existe una disputa sobre la autoridad para definir la infancia, la familia y las relaciones entre mujeres y hombres.
Lo que nos resulta preocupante de esta coyuntura nos es que la religión tenga presencia en la política colombiana, lo que estamos viendo es una disputa por recuperar determinadas certezas y espacios, la familia que debe ser defendida, la educación que debe ser protegida, los valores que deben transmitirse y los papeles que hombres y mujeres deberían ocupar dentro de ese orden. Ahí está precisamente nuestra preocupación, no porque Colombia este descubriendo ahora la religión, el machismo o la defensa de la familia, sino porque estas categorías están siendo rearticuladas dentro de un nuevo proyecto político cuestionable.
Bibliografía
De los Cobos Arteaga, F. (2014). Silvia Federici (2013) Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas [Reseña del libro Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, por S. Federici]. Praxis Sociológica, (18), 245–251
Foucault, Michel. (1973). El orden del discurso.
Saceda de la Torre, L. (2010). Importancia del discurso religioso e impronta de la Biblia en la gestación de la violencia de género. Revista de Inquisición (Intolerancia y Derechos Humanos), 14, 305–326
