Nota aclaratoria: La mayor parte de la información presentada en esta columna surge de mi proceso de acercamiento al territorio magdalenense en el marco del proyecto Ciénaga de Zapayán. Los datos y apreciaciones relacionados con el manejo, cuidado, producción y comportamiento del ganado han sido recogidos a partir de diversas conversaciones y encuentros con campesinos, ganaderos y pescadores del territorio. Por tanto, estas consideraciones parten principalmente de los saberes, experiencias y percepciones compartidas por los actores locales durante mi acercamiento al territorio.

Hay un tema que, de una u otra manera, está generando impactos tanto positivos como negativos en la región centro-occidental del departamento del Magdalena: el proceso de transición que se ha venido presentando de la ganadería bovina hacia la ganadería bufalina. Aunque a primera vista podría parecer simplemente un cambio de especie dentro de una misma actividad económica, en realidad se trata de una transformación que involucra dimensiones ambientales, económicas, culturales e incluso afectivas.

Este tránsito no ha sido menor. En los territorios donde la ganadería bovina ha acompañado durante décadas la vida de las familias campesinas, cambiar las vacas por búfalos no significa únicamente reemplazar un animal por otro. También implica modificar prácticas, formas de relacionarse con el territorio y maneras de entender lo que significa criar animales. Allí comienza la pregunta central de esta discusión: ¿realmente la llegada del búfalo representa una alternativa más sostenible y rentable para la región o estamos simplemente cambiando unas problemáticas por otras?

Para comenzar, es necesario aclarar algo: cuando hablamos de “ganadería” no necesariamente estamos hablando de vacas. El término hace referencia a las actividades relacionadas con la cría y manejo de animales domésticos para diferentes formas de aprovechamiento. Por eso existen la ganadería bovina, bufalina, ovina, caprina, porcina, entre otras.

En el Caribe colombiano, la ganadería bovina ha formado parte de la vida rural durante generaciones. La cría de vacas y toros ha permitido obtener carne, leche, queso, pieles y crías, pero también ha construido alrededor de estos animales una serie de relaciones sociales y afectivas que van mucho más allá de lo económico. Para muchas familias campesinas, una vaca no representa únicamente un recurso productivo: también puede ser parte del patrimonio familiar, una forma de ahorro, una herencia o incluso un animal al que se le conoce por su nombre y por su historia.

Sin embargo, poco a poco, el búfalo ha comenzado a ganar espacio. La ganadería bufalina aparece para muchos productores como una alternativa atractiva. Quienes la practican destacan la resistencia del búfalo, su capacidad para adaptarse a determinadas condiciones ambientales y su productividad. También se habla de una mayor resistencia frente a muchas enfermedades y de su capacidad reproductiva. Desde la perspectiva de varios bufaleros, se trata de un animal que requiere menos cuidados y que puede representar una reducción de ciertos costos para el productor.

Aquí aparece una de las razones principales de su expansión: la economía. Para un pequeño ganadero, mantener un animal que pueda adaptarse a las condiciones del territorio, aprovechar determinados recursos y mantenerse productivo durante largos periodos puede significar una diferencia importante. En ese sentido, la transición hacia la ganadería bufalina puede ser entendida como una estrategia de adaptación económica frente a las dificultades que atraviesa el sector rural.

Pero la pregunta es: ¿qué ocurre con el territorio? Porque si algo debemos evitar es pensar que una actividad productiva es buena o mala únicamente por los beneficios económicos que genera. El búfalo también produce transformaciones en los espacios donde es introducido. Su tamaño, fuerza y comportamiento hacen que su manejo sea diferente al del ganado bovino. Por ejemplo, debido a su robustez y a su capacidad para atravesar ciertos cercados, los productores han tenido que implementar sistemas de cercamiento eléctrico, lo que representa nuevos costos y modificaciones en la manera de manejar los potreros.

También existe una preocupación alrededor de su relación con los cuerpos de agua. El búfalo tiene una estrecha relación con el agua y suele buscar zonas húmedas para refrescarse. En territorios donde existen caños, ciénagas y ríos, esto puede convertirse en un asunto ambiental cuando existe una concentración considerable de animales o cuando no se cuenta con un manejo adecuado de estas zonas. El pisoteo constante de los animales alrededor de los cuerpos de agua puede contribuir y está contribuyendo al deterioro de las orillas y afectar las condiciones del suelo y del agua.

Sin embargo, aquí también es necesario tener cuidado. No sería justo afirmar que todo búfalo contamina el agua o que toda ganadería bovina es ambientalmente sostenible. El problema no está únicamente en la especie, sino en cómo se desarrolla la actividad ganadera, en qué cantidad, bajo qué condiciones y con qué prácticas de manejo.

Incluso el suelo entra en esta discusión. Por su peso y tamaño, el búfalo puede generar procesos de compactación y deterioro cuando existe una presión excesiva sobre determinadas áreas. Al mismo tiempo, su capacidad para desenvolverse en terrenos húmedos puede ser una ventaja para ciertos productores. Es decir, nuevamente nos encontramos ante una contradicción: aquello que para algunos constituye una ventaja productiva puede convertirse, bajo determinadas condiciones, en una dificultad ambiental.

Algo similar ocurre con la producción de queso. La leche de búfala tiene características que permiten obtener un mayor rendimiento quesero en comparación con la leche bovina. Esto representa una ventaja para los productores, especialmente en territorios donde la transformación de la leche constituye una fuente importante de ingresos. Pero también existen diferencias en las características del producto final y en las preferencias de los consumidores. En algunos mercados, por ejemplo, la aceptación de ciertos quesos elaborados exclusivamente con leche de búfala todavía enfrenta barreras culturales y comerciales.

Entonces, ¿es mejor la vaca o el búfalo?

Tal vez esa sea la pregunta equivocada. La discusión no debería convertirse en una competencia entre animales, sino en una reflexión sobre los modelos productivos que estamos construyendo en nuestros territorios. Algunos ganaderos de la región sostienen que jamás cambiarían sus vacas por búfalos. Lo dicen no solamente por razones económicas, sino por una relación construida durante décadas con la ganadería bovina y por la percepción de que el búfalo puede generar afectaciones sobre las aguas, los caños y otros espacios que consideran fundamentales para la vida rural.

Otros, en cambio, encuentran en el búfalo una oportunidad. Una posibilidad de mejorar sus ingresos, reducir determinados costos y adaptarse a las condiciones de un territorio que también está cambiando.

Y quizás allí se encuentre el verdadero asunto. La llegada del búfalo al Magdalena no debería ser entendida simplemente como una sustitución de vacas por búfalos. Es una transformación del paisaje productivo y, con él, de las relaciones que las comunidades establecen con los animales y con el territorio. Detrás de cada potrero convertido en espacio bufalino hay decisiones económicas, necesidades familiares, conocimientos locales y también disputas sobre qué tipo de campo queremos construir.

La transición puede traer oportunidades, pero ninguna actividad productiva debería considerarse sostenible únicamente porque sea rentable. La sostenibilidad también implica preguntarnos qué pasa con el agua, con el suelo, con los animales, con las prácticas campesinas y con las relaciones que históricamente han construido las comunidades con su territorio.

Quizás no se trata entonces de decidir si debemos quedarnos con las vacas o reemplazarlas por búfalos. La verdadera pregunta es qué tipo de ganadería queremos para el Magdalena y qué estamos dispuestos a transformar para conseguirla.

Porque mientras las vacas y los búfalos continúan ocupando los potreros, somos nosotros quienes decidimos qué lugar tendrán el agua, el suelo y las comunidades dentro de ese modelo de desarrollo. Y al final, más importante que preguntarnos cuál animal produce más, debería ser preguntarnos qué territorio queremos dejar cuando ya no estemos aquí.