Por Fabio Silva Vallejo
«La violencia que en el pasado fue legitimada continúa siendo formadora de la gramática en que se forma la subjetividad masculina.»
—Rita Laura Segato
La idea de la «banalidad del mal» puede reflejar el trabajo de Hannah Arendt sobre la folclorización de la bonanza marimbera en el Caribe colombiano, cuando un fenómeno violento y devastador no solo fue normalizado, sino romantizado a través de la cultura popular. El narcotráfico vino acompañado de violencia, corrupción y un cambio social de gran alcance durante la bonanza marimbera. Pero con los años se convirtió en parte del folclore: «los marimberos» eran casi personajes míticos, representados en canciones, anécdotas, leyendas y otras formas de narración, a menudo desvinculados de la dureza de su comportamiento.
En este sentido, la banalidad del mal se manifiesta por la capacidad de la sociedad de convertir esa verdad maligna en leyenda o cultura popular, en la que se pierde la capacidad crítica de escrutar lo que sucede debajo de la superficie. Así, la violencia y el crimen se simplifican como parte de un todo que, en lugar de considerar los resultados éticos y sociales, gira en torno a la narrativa superficial. Al igual que con Eichmann, donde «el mal se hace de manera de un horror ‘banal'», presentado como parte de la vida cotidiana, la folclorización de la bonanza marimbera demuestra cómo una sociedad puede satanizar e incluso ensalzar momentos de su pasado que son, en un sentido emocional, tanto dolorosos como brutales.
La «banalidad del mal» describe un fenómeno que solo puede ocurrir cuando las personas abandonan una inclinación hacia el mal para ser como un «ser humano normal» y actuar como la sociedad que los rodea. En otras palabras, Arendt implica que el peor mal se lleva a cabo por medios ordinarios, mundanos y burocráticos, solo cuando una persona pierde su capacidad de juzgar el valor moral. Para sociedades patriarcales e incestuosas como la que describe Gabriel García Márquez, las economías morales pueden definirse como los patrones de valores y normas que las comunidades adoptan para estructurar sus vidas, generalmente en ausencia o debilidad del Estado. Tales economías morales se orientan en paralelo o se antagonizan con las leyes y sistemas formales del Estado y están arraigadas en relaciones de poder, jerarquías familiares, costumbres y códigos tradicionales de honor. Tales sistemas ayudan a dar sentido a esta dualidad de economías morales en una sociedad patriarcal, en la que prácticas como el clientelismo, la lealtad a la familia y la violencia sirven como métodos de control social. La realidad resultante es una que erosiona el valor del Estado formal, donde la vida diaria está ligada a reglas y valores establecidos por «paraestados» u órdenes políticos competidores: familias poderosas, caciques locales y grupos armados.
Cuando García Márquez habla de una sociedad incestuosa, está subrayando que ningún poder puede cambiarse jamás porque estas relaciones, aunque cerradas y endogámicas, perpetúan las estructuras de poder existentes. El poder se centraliza y se reproduce en estos círculos, resistiendo la intrusión de un Estado nuevo y más democrático que podría requerir normas inclusivas. Así, los «paraestados» (poderes en muchos casos no bajo control estatal, como grupos paramilitares o narcotraficantes, por ejemplo) asumen funciones que en un régimen de estado de derecho deberían haber sido competencia del gobierno: hacen justicia, mantienen el orden y asignan recursos. Estos individuos trabajan según una lógica relacional de reciprocidad y control, basada en la fuerza o la protección, como si las personas respondieran a estos actores en lugar de al Estado como medio para resolver sus problemas o disputas. El imperativo moral que invoca Hannah Arendt es: «En realidad, en todas las empresas ilegales, criminales o políticas, el grupo, para su propia seguridad, requerirá que cada uno cometa un acto irreversible que los prive de un cordón hacia una sociedad decente antes de la posibilidad de ser admitidos en la comunidad de la violencia».
Pero con la entrada de los hombres, sucumbirán a la mágica intoxicante de la violencia [que] une a los hombres en un espíritu unido, ya que todos forman el eslabón de la violencia en una gran cadena, parte del gran organismo de violencia que ha brotado». En consecuencia, las economías morales que resultan de tales relaciones patriarcales e incestuosas configuran un modelo de realidad en el que el poder opera de manera individualizada y jerárquica y la idea de justicia, orden y bienestar está influenciada no por el estado de derecho, sino por, y cada vez más por, los intereses y valores de las élites cuya dominancia ha reemplazado al Estado en su implementación y mantenimiento de la ley. Esto crea un circuito de violencia, explotación, desempoderamiento y dependencia contra una sociedad más justa y democrática. Este vínculo entre la masacre de las bananeras, la bonanza marimbera, la bonanza algodonera, la crisis de las grandes haciendas cafeteras, la continuación del paramilitarismo en la Sierra Nevada de Santa Marta, y la pobreza de la economía moral de Santa Marta y la falta del Estado debe verse como sintomático de cómo estas áreas han sido influenciadas por alternativas y resistencia contra el Estado central.
Breve conclusión: En todos estos casos, la falta (o insuficiencia) del Estado permitió que participantes no estatales, desde actores extranjeros hasta grupos armados ilegales, asumieran posiciones de poder y control sobre la sociedad y la economía. Las economías morales se desarrollaron y remodelaron a la luz de estas condiciones, estableciendo un proceso en el que el Estado formal fue marginado y las reglas de los paraestados y las élites locales dieron forma a la vida cotidiana y las relaciones de poder. Esta situación refleja la desintegración de la autoridad estatal en la región y la necesidad de la población de desarrollar sus propios sistemas de valores y normas para perseverar en un mundo violento, desigual y formalmente excluido de la justicia.

