Muchos han escuchado el nombre de Taganga, pero pocos saben realmente qué es, cómo se vive aquí y qué significa formar parte de este lugar. Taganga no es solo un destino en los mapas turísticos. Es un pueblo vivo, ancestral de pescadores, donde cada rincón guarda historias que no se cuentan en los folletos ni en las redes sociales. Es el lugar donde nací, crecí y desde donde hoy intento entender los cambios que nos atraviesan como comunidad. Entonces es ahí donde surge la duda. ¿Dónde queda Taganga?, ¿Qué es Taganga?
Taganga está ubicada al norte de Santa Marta, a unos 15 minutos en carro desde el centro de la ciudad. Es un trayecto corto si se mide en tiempo, pero largo si uno piensa en las distancias simbólicas y sociales que separan a la ciudad del pueblo. Desde que uno empieza a bajar por la carretera que conecta con nosotros, el cuerpo ya empieza a sentir algo distinto. El aire cambia, el ritmo cambia. Apenas se abre el paisaje en la curva del mirador, se ve la bahía resguardada por montañas, con sus lanchas, bongos y cayucos flotando sobre la mar o varados en la orilla, y en el centro de todo ello, las casas trepando los cerros.
Hoy ese mirador está lleno de ventas, de turistas con cámaras, de ruido. Pero antes era un punto de llegada más silencioso. Un lugar para respirar, para mirar el pueblo desde arriba y sentir que uno volvía a casa. Desde ahí ya se podía intuir la complejidad de Taganga: una mezcla de calma y agitación, de belleza y tensión.
Muchos siguen creyendo que Taganga es solo un lugar ideal para descansar, para escapar del ruido de la ciudad. Así lo ven quienes vienen a pasar un fin de semana y se van con la idea de que esto es un paraíso simple y eterno. Pero esa imagen no cuenta todo. No cuenta que detrás de cada cayuco hay un pescador con deudas, con hijos, con la incertidumbre de si mañana la mar dará algo. No cuenta que muchas familias viven en cerros sin agua regular, que la presión del turismo ha desplazado prácticas, ha encarecido la vida y ha puesto en disputa los espacios que antes eran solo nuestros.
Para mí, caminar por Taganga no es hacer un recorrido turístico. Es reconocer las marcas del tiempo, las ausencias, las resistencias. Es recordar que donde hoy hay un hotel antes había una casa de familia; que donde hoy se vende buceo, antes se tejían redes para pescar. Las playas, llenas de lanchas y cayucos, no son postales: son territorios de trabajo, de memoria, de lucha cotidiana.
Este ejercicio de mirar mi propio pueblo desde otro lugar, desde una reflexión más crítica, más consciente, es también parte de un viaje. No solo el viaje de ir y venir por las calles de Taganga, sino un viaje de pensamiento, como el que cuenta Nina de Friedemann en Ma Ngombe donde narra su viaje de Bogota hacia san Basilio de palenque. En mi caso, ese viaje es al revés: parto desde adentro, desde lo que se supone que ya conozco, para intentar ver de nuevo, ver distinto, desnaturalizar lo que parecía evidente.
Haber crecido en Taganga me da una mirada, pero también una responsabilidad: la de no callar lo que está cambiando, lo que se está perdiendo, lo que se resiste. No se trata de rechazar todo lo nuevo, pero sí de entender cómo esos cambios nos afectan. De reconocer cómo el turismo puede volverse una forma de extractivismo disfrazado, que nos convierte en fondo de pantalla, en experiencia vendible, en «cultura local» para consumo externo.
Taganga no es un escenario, ni un mito. Es un territorio habitado, habitado por nosotros. Y para hablar de él con honestidad, hay que hacerlo desde la tierra que pisamos, desde la mar que conocemos, desde los silencios que nos incomodan y desde las palabras que aún nos quedan por decir.
Adentrarse en la cotidianidad de Taganga es mirar más allá del paisaje, es detenerse en los detalles que, para nosotros, los que vivimos aquí, hacen parte de la rutina, pero que muchas veces pasan desapercibidos para quienes solo vienen a tomar el sol o una foto desde el mirador. Es, por ejemplo, comprender lo que significa ser pescador en este pueblo.
El día comienza antes de que amanezca. A las 4:30 de la mañana, los primeros pasos bajan desde las casas hacia la playa, hacia la mar. Los pescadores se encuentran con su cuadrilla, quienes son los que conforman el grupo para la faena de pesca, y a eso de las 5am ya están embarcados en un cayuco. La brisa fría les golpea la cara mientras siguen el reflejo tenue de la luna, esa que todavía se resiste a irse y que les ilumina el camino hasta el ancón de pesca. Ahí desembarcan con todo lo necesario para pasar el día: agua, platos, cucharas, ollas, termos, domino, cartas, café, pan, arroz, verduras y condimentos. Porque allá se cocina, se pesca, se juega, se conversa, pero también se espera.
Mientras uno de los pescadores entra al agua y vigila el chinchorro tendido en forma de L sobre la mar, con las cuerdas amarradas a la orilla, los demás matan el tiempo jugando dominó sobre bancos improvisados. Se cuentan anécdotas, chistes, historias que a veces ya todos conocen pero que igual hacen reír. Cuando el caretero ve el pescado dentro del chinchorro o el vigía que está en la punta del cerro ve que algo se mueve, se lanza el grito: ¡Yao! O ¡Jala! Ahí empieza el
trabajo duro: jalar el chinchorro. Jalar el chinchorro para quien no está acostumbrado es como halar un carro con una cabuya. Las manos se revientan, salen callos, salen ampollas. Y todo eso, bajo el sol que cae sin clemencia.
Tras la faena de pesca regresan al pueblo a eso de las seis o siete de la noche, con el cuerpo cansado, con la piel ardiendo de sol, sal y agua. Algunas veces traen pescado, lo suficiente para vender en la playa a los compradores que vienen de afuera. Otras veces llegan con las manos vacías. Y lo único que pueden llevar a casa son las historias, los chistes, las ganas de reír para no tener que nombrar la frustración.
Pero en Taganga no todos vivimos de la pesca. También estamos los que trabajamos con el turismo. Algunos enseñamos a bucear, otros alquilan kayaks o lanchas, otros ofrecen servicios de snorkeling o hacen pesca deportiva. Todo eso también es una forma de buscar el sustento, de sobrevivir. Pero en medio de estas dinámicas también están los negocios de los foráneos: hoteles, restaurantes, bares, discotecas, tiendas de artesanías. Muchos viven de este territorio sin haberlo habitado nunca en serio. Y aunque forman parte del paisaje económico actual, su presencia no siempre implica un vínculo con la comunidad. A veces, más bien, profundiza las brechas.
Ahí es donde cobra sentido la necesidad de mirar con atención, de reflexionar sin caer en romanticismos ni simplificaciones. Hablar de Taganga desde adentro también es reconocer esas tensiones, esas formas desiguales de habitar y de extraer valor de un mismo espacio.
Caminar por el pueblo es ver al vendedor de tinto gritar cada mañana: “¡Tinto, café con leche!”. Es sentir la brisa levantar la arena por las calles polvorientas. Es ver a las cocineras de los restaurantes en la playa correr con afán porque los turistas ya llegaron y el almuerzo aún no está listo. Es oler la sal de la mar que se pega a la piel y a las casas. Es ver los chinchorros extendidos sobre la arena, descansando de la jornada anterior. Es escuchar el bullicio de los pescadores que bajan en la tarde a esperar noticias de quienes están en los ancones, a ver si esta vez les reparten algo de pescado o simplemente averiguar a quien le toca el turno del ancón al día siguiente.
En la noche, Taganga cambia de rostro. Se encienden las luces, los restaurantes gourmet llenan sus mesas, algunos pickups retumban con música hasta la madrugada. Los bares y las discotecas dan vida a otro ritmo, uno que no siempre tuvo que ver con los que vivimos aquí, pero que ya es parte del ecosistema del pueblo.
Ver y escuchar todo esto es entender que en Taganga se vive de dos formas, y a veces en dos mundos distintos: el del trabajo silencioso y duro del pescador, y el del bullicio turístico que viene con promesas de desarrollo. Ambas realidades conviven, se cruzan, se chocan. Y desde aquí adentro, donde estoy yo, se hace urgente no solo verlas, sino hacerlas visibles. Porque solo nombrando esas contradicciones se puede empezar a pensar en formas más justas de habitar este territorio.
Hablar desde adentro no significa saberlo todo. Crecer en Taganga, vivir en sus calles, trabajar en sus playas, no me libra de tener también mis propios puntos ciegos. A veces, uno mismo repite frases, ideas, imágenes que vienen de afuera. Uno termina creyendo que el turismo es «progreso», que Taganga necesita «modernizarse», o que nuestras formas de vida son “atrasadas”. Y ahí es donde aparece lo que desde la antropología se ha llamado ignorancia estratégica: una forma de no saber que no es casual ni inocente, sino construida y sostenida, incluso por quienes habitamos los territorios.
Esa ignorancia no es individual, es colectiva. Se refuerza cuando en la escuela no nos enseñan la historia de Taganga, cuando los medios solo muestran las fiestas o los problemas de violencia sin contexto, cuando los foráneos llegan y nos nombran como “nativos
amigables” o “pueblo típico de pescadores”. Esa forma de no saber, de olvidar, de negar lo complejo, es estratégica porque conviene: conviene al modelo turístico que nos necesita pintorescos, callados, serviciales; conviene al Estado que no garantiza servicios básicos, pero sí vende la imagen del Caribe feliz.
Desde esa consciencia, me doy cuenta de que hablar como taganguero no basta: hay que hablar desde una interioridad crítica. Hay una diferencia grande entre estar en el lugar y estar desde el lugar. Taganga puede ser vivida desde adentro, pero si no se rompe el silencio que envuelve muchas de nuestras realidades, como la precariedad, el desplazamiento simbólico o la presión del turismo sobre el territorio, entonces uno termina hablando desde la superficie, no desde la raíz.
Por eso es importante pensar también la exterioridad: no como algo lejano, sino como una forma de relación desigual. Muchos de los que vienen de afuera llegan con ideas claras de qué es Taganga, pero esas ideas no se construyen con nosotros, sino sobre nosotros. Son miradas que colonizan el paisaje, que borran los conflictos y que convierten nuestra vida en experiencia para otros. Y no es solo el turista. También hay investigadores, empresas, e
incluso políticas públicas que piensan desde una exterioridad cómoda, sin escuchar las voces que existen aquí, que resisten aquí.
Pero no se trata de hacer una división tajante entre “los de aquí” y “los de allá”. A veces, desde dentro también se mira con los ojos de afuera. Ahí es donde uno tiene que revisarse, pensarse, corregirse. Volver a escuchar. Volver a caminar. Volver a Navegar. Volver a mirar.
En todo esto, el lugar, Taganga, no es solo geografía. Es también un espacio simbólico. Un lugar donde se cruzan significados: la mar no es solo paisaje, es trabajo, es alimento, es vida, es herencia, es miedo y es fe. La playa no es solo arena, es frontera de encuentros y desencuentros. Las lanchas y cayucos no son solo transporte, son identidad flotando, son la historia de un pueblo que ha aprendido a navegar contra la corriente.
Cada espacio tiene su carga simbólica. La iglesia, donde descansan nuestros defensores, donde tomamos la fe católica, pero también donde despedimos a los que se van sin avisar en el regazo de la madre Taganga. El cementerio donde descansan nuestros seres queridos y que visitamos de vez en cuando. La cancha de futbol que ha sido testigo del talento futbolero de nosotros los tagangueros, el mirador como la puerta de entrada a nuestra casa… todos son más que estructuras físicas. Son lugares donde se reconfiguran los vínculos, los silencios, las alegrías y las ausencias. Pensar el lugar simbólicamente es entender que cuando se instala un hotel o restaurante sobre lo que era una casa familiar, no solo se cambia una estructura: se desplaza una memoria.
Por eso, este ejercicio de narrar no es solo describir un paisaje, el viaje, el lugar o una rutina. Es hacer un esfuerzo por desmontar las capas de desconocimiento, por nombrar lo que a veces preferimos callar, por reivindicar el valor de lo que somos más allá del estereotipo. Y hacerlo con cuidado, sin romanticismo, pero también sin vergüenza.
Porque Taganga no necesita ser idealizada. Necesita ser entendida, desde dentro y con todos sus matices.