Necropolítica: ¿Cómo Reclamar el Derecho al Duelo por los Muertos Criminalizados?

De antemano disculpe si no soy cálida

resistir a las violencias con ternura no es tan fácil.

Confieso que no sabía por dónde comenzar este escrito. Lo postergué durante dos años. Las razones son muchas, pero, sobre todo, el miedo: miedo a no encontrar las palabras adecuadas, a no saber medir la sutileza o guardar el decoro cuando lo que se cuenta es lo vivido, lo sentido en carne propia. No hay técnica ni experiencia de campo que prepare para narrar la tragedia cuando una misma es el cuerpo que la atraviesa. Escribir desde la primera persona, desde el dolor que me habita, y al mismo tiempo tratar de hilarlo con teorías y contextos académicos, sin parecer un monstruo… es una tarea muy difícil.

Y entonces viene la pregunta: si soy consciente de lo crudo de todo esto, ¿por qué escribirlo? Mi respuesta es sencilla: porque es una forma de pelear por la dignidad que nos han querido arrebatar. Es una forma de hablar con firmeza por los muertos que nadie lloró, por los asesinatos que solo fueron cifras, por los cuerpos que no dejaron derecho al duelo. Esos que, incluso en la muerte, fueron culpabilizados. Aquellos que se dejaron expuestos al sol ardiente, grabados sin pudor por la prensa como si fueran espectáculo para el morbo público. Un show que satisface a quienes pueden ver sin culpa el martirio ajeno, esperando más gritos, más sangre, como si el dolor fuera entretenimiento. Al final los enfocados son los únicos que lamentan el suceso. Todos los demás lo ven como algo que ha de pasar, como la ley para mantener el orden que desean, mientras que los enfocados no sean ellos.

Pero en este caso, la enfocada si fui yo, el 22 de abril del 2023 más o menos a las 9 de la mañana fue la última vez que vi a mi padre con vida, salir por la puerta como un día más, dejando una sopa de pescado sobre la Mesa para mí, ese sería su último y quizás bien pensado regalo, porque por un lado funcionó como una despedida calurosa y una disculpa por todo lo que después pasaría, pero por otro lado también lo podemos ver como preparación, porque fuerza era lo que iba a necesitar. Ya que para antes de las 1 de la tarde, llegarían sin preparación alguna a dar la noticia que había sido asesinado en el barrio vecino, por lo que su cuerpo se encontraba tendido sobre el piso a no tanta distancia de nuestra casa de toda la vida, por lo que tendría que tener que ir por su cuerpo a unas calles ya conocidas por mí, las mismas por las que habíamos transitado tantas veces, sin ningún valor agregado hasta ese momento, ya que si me hubieran preguntado antes de ese momento que recuerdos traía para mí, no fueran más que una ruta rápida para llegar a mi casa, un trayecto en discusión porque de seguro había olvidado algo de la compra o un camino entre risas porque había olvidado ir por mí a la universidad, pero aquello tan cotidiano que uno termina por no ponerle valor, comienza a tenerlo de una forma amarga, cuando las calles todos los días transitadas y recordadas se convierten en el camino a un viacrucis personal, que resignifica lugares que fueron seguros en espacios de angustia.

Durante el trayecto, me aferré a la esperanza de que todo fuera una equivocación, una mala broma. Imaginaba su risa cruzando la puerta horas más tarde, burlándose de mi ingenuidad. Pero ese momento nunca llegó. Nadie te prepara para la pérdida. Caminando hacia donde estaba su cuerpo, me hice preguntas que nunca antes me había planteado: ¿cómo reaccionaré?, ¿qué pasará conmigo?, ¿tenemos siquiera un plan funerario?, pero, sobre todo, ¿por qué todo a mi alrededor parece tan normal cuando a alguien se le ha arrebatado todo?

El primer golpe de realidad me lo dio la prensa amarillista. Cámaras en mi rostro, enfocando mi ropa de casa, mi cabello recogido a medias, como si eso fuera noticia. Desde cuándo el dolor se convierte en espectáculo y no un sentimiento respetable el que se lleva en silencio y con cuidado. Desde ahí comencé a entender que el duelo no es un derecho, es un privilegio, el que solo pueden recibir los que sus muertos no levantan sospechas y tienen todas las condiciones para que el encierro del llanto y el luto social no amenace el pan del día a día.

No sé si hubiera sido más fácil no entender estás lógicas y poder tomarlo personal, pensar que el mundo me odiaba y por lo tanto se despachaba en mi contra, que el saber porque sucedía cada cosa, entender gracias a la teoría que mi papá no solo sería víctima por asesinato, sino también por la necropolítica que perfila sin temor de dios, que muertes importan y cuales son festejadas, un sacrificio para la limpieza social, las cuales muchos celebran, me cuestionó también si la celebrarán cuando sean sus muertos lo que les arrebaten el derecho de pedir justicia y hasta de llorar en paz. 

Después de su muerte, muchas preguntas me han perseguido: ¿por qué lo mataron?, ¿fue por dinero?, ¿dejó herencia?, ¿usted sabe algo? Como si yo tuviera que completar una historia que les sirva para juzgar si mi dolor es válido. Pero lo más atroz no son las preguntas, sino las acusaciones: “¡Se lo merecía!”, “¡Qué reclaman!”, “¡Mírela, ni llora!”, “¡Si así es la hija, imagínese el papá!”. El duelo también es un ritual vigilado, politizado. Si no encajas en el papel esperado, eres juzgada, sin importar las razones.

Puedo señalar sin miedo a equivocarme el día, que años atrás estuve en un salón de clase hablando del tema, fue en una clase de geopolítica durante mi quinto semestre de antropología, ese día supe que esa lógica se llamaba así, pero desde el barrio se aprende e interioriza desde el momento que una aprenda a ver y escuchar con atención. Es que es en el barrio popular que uno experimenta lo que significa que alguien “este caliente” y por eso se daba de alejar, ya que su nombre se encuentra bajo amenaza y como tal todo el que se encuentre a su cercanía, es uno el que le puede poner rostro y familia a los panfletos amenazantes o los titulares sádicos de los periodos que reducen los hechos de violencia como ‘ajustes de cuentas» «tenía prontuario criminal” y pare de contar.

Por mucho tiempo consideré que era culpa de la prensa todo ese sadismo, pero en el momento que fue el cuerpo de mi ser querido el que se encontraba siendo expuesto en una transmisión en vivo por todas las plataformas virtuales sin contexto alguno, sin ninguna intervención que por lo menos intentará dar a parecer que la finalidad era exponer un caso y no un cuerpo y la desesperación de una familia, fue que entendí que los verdaderos culpables como siempre son los consumidores.

 Otro golpe a mi dignidad y el derecho a mi duelo en confianza fue cuando después de pasar las horas su cuerpo seguía ahí, a los ojos de todos, los lentes de la cámara y las hazañas del sol, que luego al intentar tener un entierro digno nos jugaría en contra. En mi desesperación pedí respeto, que retiran las cámaras, levantarán el cuerpo y que dejarán de grabarnos, a la final la noticia ya estaba dada, mi papá estaba muerto, había sido asesinado y ya le habíamos dado el tiempo suficiente para que sacarán sus conclusiones, ¿qué más esperaban?

Yo que llevaba más de dos años investigando sobre conflictos y escribiendo con las víctimas de estos, que cuidaba con detalle nunca permitir que se criminalizara a una y que se revictimizara a esta o sus dolientes, al ser impuesta como una, también fui obligada a poner en demostración la veracidad de mis palabras y creencias, convirtiendo a mi propia sangre, mi propio dolor en el sujeto que debía de defender. 

Cuando hablamos de víctimas de muerte violentas, uno cree que el mayor agravante y de lo que se deberá de recomponer las víctimas será de las condiciones mortuorias en el cuerpo, pero desde mi experiencia me aventurare a afirmar que hay mucho más. Que no son una única herida, sino que todo lo que pasa al rededor va dejando diversas marcas, algunas que son tan profundas que solo se muestran con el tiempo y de las cuales no puedo dar seguridad de que sanen.

 Dónde socialmente la gente solo quiere poner dolor, comienza a ser llenado con un montón de sensaciones y sentimientos difíciles de comprender, rabia, angustia, pero también miedo, más allá de las situaciones materiales que en muchos casos imposibilitan el duelo, como normalmente la gente lo conoce y se transforma en un proceso de autogestión y resistencias impulsado desde el miedo.

Las huellas emocionales que quedan en el subconsciente, registrada como un trauma, para el cual no se tienen las herramientas sociales para enfrentar. En mi caso, solo hoy dos años cumplidos después de la fecha. Es que escribo como herramienta de sanación, por lo que hablaré de la segunda noche después de su asesinato, cuando hice honor a la frase con la cual me criaron -El gato murió por la curiosidad, pero murió sabiendo- Así que después de ignorar mi teléfono por más de 24 horas, dado que no podía hacerle frente a ver sus fotos y la noticia que daba por avisada su muerte, pero sobre todo la trasmisión que fue grabado en vivo y que por voces de otros sabía que seguía circulando en la internet.

Aún que, se conoce el dolor que puede significar volver a ver las escenas, unos de los reflejos más humanos en la necesidad por encontrar respuestas, por qué alguien nos pueda dar algo que nos explique cuál es el motivo para que una tenga que atravesar tanto dolor. Y sí, justamente con lo primero que me encontré fue con la grabación de esa trasmisión, la misma que había pedido que no fuera grabada, pero ahí estaba. Y justamente para los minutos en los cuales salía mi petición directa de detenerla, los comentarios fueron certeros para seguirme explicando cómo el asesinato de mi padre iba a ser tratado mediáticamente, sobre todo uno que registro mi cabeza para nunca olvidar- » callen a esa perra, que deje ver, nosotros tenemos derechos a saber, si de seguro lo mataron por qué las debía y más atrás a ella por bocona» –

BOCONA, un calificativo que estoy segura de que fue usado a la ligera, por alguien que no me conoce, que nunca me ha visto y que espero nunca lo hará. Pero que está cargado de significado, que presenta el cómo desde ese momento, hasta que así lo quisieran, somos sujetos bajo sospecha, y vigilancia criminalizada, por lo que todos ven, pero nadie cuida, la persona que está «caliente», porque de seguro sabe algo, tiene algo, hizo algo. Y como demostrar que no o porque sería justo tener que hacerlo.

Bajo esta circunstancia, el hablar los hechos se vuelve imposible e investigarlo aún más y dejaré aquí claro para mí seguridad que tampoco está en mis planes hacerlo. 

Para la fecha, van dos aniversarios, pero ni una sola respuesta certera al porqué de todo y como consecuencia ninguna reparación.

Después de saltarme todos los estereotipos de victima en la cual lo quieren ubicar a la fuerza a uno y ser expuesta de todas las maneras. Me permito no juzgarlos, sino de exponer sus acciones, el entramado detrás de las lógicas y discursos que manejan para la muerte y con esto en memoria de Lewis Hernández García, cambiar la vergüenza de bando y poner sobre su nombre la dignidad la cual nunca se le tuvo que haber sido arrebatada y con esto después de dos años de silencio para la supervivencia, reclamar mi derecho al duelo.

 ¡Ya que no fueron prudentes con su cuerpo, al momento de dejarlo al sol, dejar que su cuerpo se quemara por la gasolina y el sol ante los ojos de todos, con que la caja botara líquidos putrefactos sobre nuestros pies en su último adiós, la policía amedrentándome   y esposándome por alterar su orden, con las fotografías y sus comentarios. Porque debería seguir siendo prudente yo, para dejar de decir lo justo, mi papá no murió, a mí papá lo mataron y la víctima sigue siendo el, ¡sin importar nada!

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