El archivo de mi propia sangre

Hay una pregunta que la antropología no enseña a responder: ¿qué hace el investigador cuando el archivo es su propia sangre?

Durante los años que estudié la carrera, murieron mi mamá, mi papá, mi prima y mi hermana. A los cuatro los vi morir. Estuve lejos y cerca al mismo tiempo, que es quizás la forma más cruel de estar. Y durante todo ese tiempo, yo aprendía a escuchar y estar con otros.

En gran parte la antropología te forma para llegar después. Llegas cuando el conflicto ya ocurrió, cuando la comunidad ya fue desplazada, cuando el muerto ya es memoria. Aprendes a recoger fragmentos, a darle forma a lo que quedó. Te entrenas en el arte de preservar lo que otros vivieron. Es una disciplina construida, en parte, sobre la ausencia ajena.

Sin embargo, nadie te dice qué hacer cuando la ausencia es tuya.

Los cuatro sabían lo que yo estudiaba. Ninguno lo cuestionó, aunque sí eran algo apáticos al conflicto armado, y no era para menos: en esta región uno aprende desde niño que hay temas que cuestan. Pero mi carrera la respetaban. Más que eso: estaban orgullosos. Iba a ser uno de los profesionales de la familia, esa figura que en el Caribe colombiano carga un peso que va mucho más allá del título. Ser profesional es una victoria colectiva. No te gradúas tú solo, se gradúa la familia contigo.

Ellos invirtieron en mí como proyecto común. Y mientras yo aprendía a documentar las vidas de otros, los fui perdiendo uno a uno.

La ironía no es una figura retórica. Es una contradicción que vivo en el cuerpo. He dedicado estos últimos años a estudiar la memoria y el conflicto, a entender cómo las comunidades preservan lo que el tiempo y la violencia amenazan con borrar. Pero nadie estudia la memoria solo para conservarla: la estudiamos porque sin ella no sabemos quiénes somos, porque la memoria no archiva el pasado, lo habita. Y ahora, cuando miro hacia adentro, encuentro que las memorias que más me importan son las que tengo que sostener yo solo, sin grabadora, sin libreta de campo, sin ninguna metodología que alcance. Las de ellos. Las mías con ellos.

¿Qué hace el antropólogo cuando no puede distanciarse? La formación ha estado construida sobre un gesto: separarte lo suficiente para observar con claridad. Pero el duelo no tiene distancia de campo. No hay posición epistemológica que te ponga a salvo de tu propia pérdida. Y ahí, en ese lugar donde el método no llega, queda solamente el ser humano.

Quizás eso es lo que la disciplina no dice en voz alta: que detrás del investigador siempre hay alguien que también pierde, que también necesita que alguien llegue y pregunte, que también merece que su historia sea contada.

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