Habitar en un lugar nuevo nunca es un acto neutro. Implica moverse entre lo propio y lo ajeno, lo desconocido y lo que se considera cotidiano. Es plantearse y pensarse las acciones simples del día a día y cómo, aunque uno no este consiente del mismo, siempre se busca la forma de encajar.
Actualmente me encuentro en un semestre de intercambio en Alemania. Y aunque todavía no he ni completado las dos primeras semanas de clases, desde el día uno en que deje de pisar tierra conocida y aterrice en un contexto diferente comencé a reflexionar sobre lo que implicaba y lo que trae esa decisión de dejar el hogar, así sea en mi caso solo por 5 meses. Puesto que desde lo que he vivido, un semestre en el exterior implica muchísimo más que solo una experiencia formativa en términos académicos es, ante todo, una oportunidad de formación personal y especialmente en mi formación como futura antropóloga.
Compartir con mis compañeros de clase, programa y piso los cuales en su mayoría son otros estudiantes de intercambio implica habitar un espacio que es profundamente diverso. Un espacio donde conviven y se entrelazan distintas formas de cotidianidad provenientes de muchos lugares del mundo, trayectorias de vida y académicas diferentes a la mía y formas de habitar, ver y comprender el mundo que, a veces, resultan radicalmente lejanas y en otras ocasiones sorprendentemente cercanas.
Explorar la ciudad a la que llegas, sus cafeterías, tiendas, supermercados, parques, sus alrededores. La oportunidad de viajar a otras ciudades e incluso países todos los fines de semana, conocer gente nueva que luego se vuelve importante e invaluable en tu vida y la ayuda económica de una beca son unas de las muchas cosas positivas que trae una oportunidad como esta. Pero ser estudiante de intercambio no solo se trata de crear espacios bellos donde la forma de comunicarse y conocerse con otras personas en tu misma posición es esa misma diferenciación que nos caracteriza en el contexto. También se trata de enfrentarse a la nueva categoría, que, en su mayoría te rige ante de los ojos de los demás: la de ser extranjera.
Llegar a un lugar donde todo es distinto, desde la zona horaria hasta el idioma y los pequeños códigos sutiles de comunicación, implica de cierta forma aprender a vivir ‘normalmente’ desde cero. Implica a reaprender como hacer la compra del mes, como usar el transporte público, conocer calles y direcciones, tratar a los vecinos e incluso como se espera que actúes en tu propio espacio o casa. Implica aprender a moverse de nuevo en este nuevo ‘mundo’.
Y en mi caso, siendo la primera vez que salgo de mi país y del continente sin siquiera hablar alemán, todo este proceso y diferenciación se intensifica. El inglés, además de ser el idioma en el que puedo comunicarme y el que más uso en mi día a día, se ha convertido en el constante recordatorio de no estar ni aquí (Colombia) ni allá (Alemania), se convierte en un recordatorio de no estar del todo situada.
El peso de estar no situada y del sentimiento de no habitar no es solo simbólico, no se queda solo en eso, en sentimientos. Se manifiesta en las decisiones que tomo, en la forma en la que me sobre analizo al estar en público, la forma en la que camino, el idioma que decido usar, como dirigirme a los demás, como habito el espacio, cuando hablar y cuando callar. También aparece en las infortunadas e incomodas experiencias de racismo y xenofobia que ya me han tocado vivir, las discriminaciones que, aunque algunas veces sutiles, me recuerdan constantemente el sentirme diferente.
Desde este lugar, mi experiencia se conecta inevitablemente con un panorama más amplio y mundial, pensar en lo que implica ser migrante y que te vean como tal, las múltiples realidades que hoy en día millones de personas atraviesan a lo largo de las distintas regiones del mundo. Las asfixiantes políticas migratorias, las fronteras cada vez más reforzadas, las tensiones sociales en torno a la discusión de quien pertenece y quien no, pero sobre todo las diferentes formas de violencia que se viven por un color de piel, acento, facciones distintas y el lugar de donde se proviene. Mi experiencia en este mes y medio que llevo en Alemania no es comparable con la de quienes migran por necesidad, y tampoco busco que lo sea, pero personalmente me abre un espacio de profunda reflexión, profundo cuestionamiento y el creciente interés sobre este tema y estas realidades tanto en el ámbito personal como en mi formación académica como estudiante de una ciencia social.
Esta experiencia de intercambio que estoy viviendo, como posiblemente cualquier otro desplazamiento, no es lineal ni perfecto, pero tampoco algo completamente horrible. Hay muchos encuentros que enriquecen, transforman perspectivas y conocimientos, momentos alegres de profunda conexión con personas que jamás me imagine conocer; así como también encuentros incomodos y tensos, encuentros que te atraviesan las vísceras y se te hace un nudo en la garganta. Sin embargo, ambos grupos de encuentros conviven, coexisten y se entrelazan.
Ahora mismo, me encuentro en un punto de intentar que las experiencias negativas no definan en totalidad mi paso en Alemania como estudiante de intercambio. Pero también tengo en consciencia el hecho de que no puedo ignorarlas, ya que moldean la manera de estar y comprender este contexto, pero, sobre todo, evidencian la necesidad de hablar y dar visibilidad a que estos temas, como la diferenciación, la violencia, migración y pertenencia sean pensados y discutidos.
Pero por el momento me emociona la idea de adentrarme más en mi semestre académico, encontrar y vivir nuevas perspectivas antropológicas y su manera de enseñarlas, dejarme cuestionar por otras maneras de hacer y analizar y ser cuestionada de vuelta y conocer y estudiar una antropología diferente a la mía. Todo esto, mientras navego en un nuevo espacio donde aprendo a vivir la incomodad y adaptación, pero sobre todo la belleza de conocerse a uno mismo desde el ser diferente.