Hablar de las músicas nos lleva a reconocer que existen múltiples formas de creación sonora atravesadas por contextos culturales, territoriales, históricos, de clase y de género. En este caso, lo plural abre esa idea de pensarse la protesta musical más allá de un único formato, lo que hace que haya distintas formas de significación sonora, memoria y experiencia colectiva. Ahora bien, las músicas de protesta en America Latina muchas veces han estado atravesadas por consignas políticas, revoluciones y voces que han sido convertidas en resistencias continentales. Sin embargo, aparecen otras formas menos reconocidas dentro de la historia y es la escrita, interpretada y sostenidas por mujeres desde distintos lugares de experiencia. Por lo que, la música de protesta no significa referirse únicamente a canciones revolucionarias o discursos explícitamente políticos; sino que surgen desde una respuesta cultural frente a esos contextos de desigualdad, violencia, censura y exclusión social. Al mismo tiempo, no solo nacen desde procesos de silenciamiento colectivo, sino desde esos escenarios cotidianos, comunitarios y territoriales donde el canto se convierte en una forma de recordar, denunciar o resistir.
Reflexionar sobre las músicas como espacios artísticos y que no solo se producen desde una experiencia estética, sino una forma de representación y construcción colectiva de sentido; donde los relatos íntimos, cantos tradicionales, decimas improvisadas o voces femeninas se narran historias de grandes discursos políticos. Por eso, hablar de las músicas en plural tambien significa aceptar la diversidad de experiencias culturales que atraviesan territorios y las múltiples formas en que se convierte el sonido en expresión social.
De esta manera, dar cabida a este tema hace que las músicas dejen de entenderse únicamente como entretenimiento y comienzan a revelar las relaciones de poder, los silencios culturales y las formas especificas de como habitamos el mundo; específicamente en territorios como Latinoamérica y el Caribe, atravesados por procesos históricos muchas veces guardados en silencios, pero entendido por ritmos o cantos. Por eso la idea de preguntarse por qué ciertas expresiones hechas por mujeres fueron leídas durante tanto tiempo como sensibles, íntimas o personales, y otras si fueron consolidadas como discursos políticos legítimos; cuando han sido mujeres latinoamericanas las que han cantado sobre violencias, desigualdad, racismo, ausencias, desplazamiento y esto ha sido enmarcado como “folclórico” o “tradicional” lo que hace que funcione más como una reducción de la dimensión política, que para comprenderla.
Muchas mujeres transformaron la canción en un espacio de resistencia cultural, mostrando que sus canciones no hablan únicamente desde lo individual, sino desde una sensibilidad colectiva atravesada por la memoria y la pérdida. Sin embargo, hablar de las músicas de protesta interpretadas desde mujeres implica ampliar la definición misma de protesta, porque no todas las resistencias se construyen desde el enfrentamiento directo al Estado o desde letras explícitamente revolucionarias; sino que existen estas formas silenciosas de oposición en donde se canta desde las lenguas históricamente marginadas, narrar experiencias femeninas invisibilizadas o sostener practicas musicales comunitarias en contextos de violencia. Muchas veces, el acto político esta en que no solo tiene que haber letra, sino en quien canta, desde donde y que cuerpxs ocupan los espacios sonoros en público.
Por ejemplo, Mercedes Sosa en “como la cigarra” muestra la idea de resistencia como ese lado humano de sobrevivir, permanecer y cantar a pesar de la violencia y el silenciamiento “tantas veces me mataron; tantas veces me morí; sin embargo, estoy aquí resucitando”. En Colombia, gran parte de la resistencia han circulado a través de músicas tradicionales y rara vez entran dentro de la categoría de “canción protesta”.
En contextos como el Caribe y el Pacífico colombiano, por ejemplo, muchas practicas musicales tradicionales han funcionado como espacios de transmisión oral y permanencia cultural, donde lo oral ha sido fundamental para conservar la memoria colectiva. Lo que hace que, cantar no siempre es nombrado protesta, pero si como una manera de resistir a la desaparición simbólica, al despojo territorial o a las múltiples formas de exclusión histórica que atraviesan muchas comunidades. Por lo que, cantar tambien significa resistir al olvido.
En las canciones de Totó la Momposina, el Caribe colombiano aparece como memoria viva; tamboras, gaitas y cantos sostienen formas de identidad afrocaribeña que durante mucho tiempo fuero relegadas a la categoría de “folclor”, como si preservar una memoria territorial no fuera tambien una forma de resistencias. Es ahí donde el canto funciona como transmisión oral, permanencia cultural y defensa simbólica del territorio. De la misma manera, Petrona Martínez y otras cantadoras de bullerengue conservan memorias comunitarias y experiencias colectivas dentro de sus cantos; lo que hace que estas músicas no sean reconocidas como políticas precisamente porque la protesta contiene no siempre entra gritando, a veces entra bailando, cantando o sosteniendo aquello que se niegan a desaparecer.
Asi mismo, Lido Pimienta ha llevado las discusiones hacia lenguajes contemporáneos atravesados por debates sobre racialización, migración, feminidad y desigualdad social. En su música, la incomodidad política no parece solamente en la letra, sino tambien en la estética, el cuerpo y la manera de ocupar el espacio sonoro. Lo interesante es que todo esto, no aparecen aisladas, sino conectadas a una larga tradición de mujeres que utilizaron la música como espacios para narrar aquello que históricamente quedo fuera de los himnos oficiales. Tal vez una de las mayores riquezas de estas músicas es demostrar que la protesta no siempre entra haciendo ruido, si no como una canción de cuna, un lamento colectivo o en una voz que insiste en recordar aquello que otros prefieren olvidar. De esta manera, escuchar las músicas protesta escritas por mujeres implica, escuchar otras formas de narración; menos centradas en los grandes héroes y mas atentas a las experiencias cotidianas, afectivas y comunitarias que tambien construyen historia.
De modo que, reflexionar sobre las músicas nos ayuda a entender que es un archivo vivo de experiencia y no solo un tema folclórico. A veces se da en relatos íntimos, en cantos tradicionales, en decimas improvisadas o en voces femeninas que insisten en narrar experiencias históricamente desplazadas de los grandes discursos políticos.