Hay pueblos que uno puede dejar, pero que no lo dejan a uno, San Onofre es uno de esos pueblos. No lo digo porque me lo contaran en un libro ni porque así lo diga una placa oxidada a la entrada del municipio. Lo digo porque lo he vivido desde la sangre, desde la sombra larga que deja el sol del Morrosquillo cuando cae sobre la arena tibia. Y porque desde que tengo memoria o incluso antes de tenerla, cuando dicen que ya iba yo cargada en brazos a las novenas he visto a San Onofre caminar hacia su santo y al santo caminar hacia su pueblo.
San Onofre no es un municipio. Es un palenque que respira. Una memoria cimarrona que no se dejó matar ni por el látigo, ni por el olvido, ni por los que quisieron borrarla a punta de miedo. Y dentro de esa historia, que es más larga que las calles mismas del pueblo está la procesión de nuestro santo; ese recorrido que quien no lo entiende, dice que es solo fiesta religiosa, pero que quienes lo hemos sentido sabemos que es otra cosa: es memoria, resistencia, política, duelo y también alivio.
Dicen las mayores y cuando las mayores dicen algo, una aprende a callar para escuchar que antes la procesión era corta y silenciosa, que el santo iba montado en una base pequeña, casi discreta y que el pueblo lo seguía como quien acompaña a un viejo que camina lento. No había bandas ni juegos pirotécnicos ni ese jolgorio que hoy llena las calles. Era un ritual ordenado, casi de puntillas. Los niños en fila, las maestras enderezando cuellos, el obispo marcando paso, en fin, todo un rígido protocolo.
Pero San Onofre cambió, como todo lo que está vivo. Y los rituales que respiran también mudan de piel.
Hoy, la imagen del santo es un gigante. Se levanta sobre una plataforma que pasa de los cien kilos y que necesita hombros jóvenes, brazos firmes, pasos que sepan bailar con el peso. El santo avanza con un vaivén que tiene algo de África y algo de catolicismo, algo de tambor y algo de cruz. Un movimiento heredado, dicen, de las festividades de Santiago de Tolú. Como si los pueblos del Caribe se prestaran pasos, ritmos, gestos, como quien se presta sal o un puñado de arroz.
Y ahí, en ese bailoteo, está el corazón de lo que somos: un sincretismo vivo, una mezcla que no pide permiso, que se rehace, que se adapta, que mantiene lo que importa incluso cuando todo afuera parece querer borrarlo.
Lo que llamamos religiosidad popular ese conjunto amplio de prácticas, emociones y símbolos que se articulan por fuera de la rigidez eclesial no se puede comprender únicamente desde definiciones. Se comprende caminando. Observando. Escuchando. Por eso, más que una categoría analítica para mí ha sido toda mi vida y para muchos otros también.
Cuando acompaño al santo en junio siento que no solo avanzo en un ritual, sino en un archivo vivo. Los sonidos de la banda, el peso de la multitud, los gestos de devoción, las miradas que buscan alivio o agradecimiento: todo eso construye una atmósfera difícil de traducir con palabras estrictamente académicas. Sin embargo, esa emoción no es un obstáculo para la investigación; al contrario, es una puerta de entrada para comprender la complejidad simbólica del ritual.
En San Onofre, los relatos que circulan entre los mayores ayudan a situar la fe en coordenadas concretas: Me refiero al mito de la disputa entre San Onofre y Santiago el Mayor patrono de Tolú, que según la tradición comunitaria tuvo lugar en una zona que hoy lleva el nombre de El Arroyito.
Los mayores cuentan que ambos santos se encontraron en ese punto liminal; Santiago, representado en las narrativas regionales llegó montado en su caballo para disputarle a San Onofre algún tipo de autoridad o presencia en la zona. En ese encuentro, dicen que San Onofre resbaló y cayó sobre sus rodillas, abriendo una zanja profunda que dio origen al camino que aún hoy atraviesa el barrio.
Incorporar este tipo de relatos en el análisis no significa abandonarse a lo extraordinario, sino reconocer que la memoria popular es un archivo tan válido como lo es el escrito. Y que, en territorios afrodescendientes como lo es San Onofre, la oralidad ha sido históricamente la forma principal de transmisión cultural, resistencia y continuidad.
Yo sé que algunos académicos y la misma academia prefieren las definiciones elegantes. Qué dirán que lo nuestro es sincretismo, transculturación, cuerpo ritualizado, copresencia espiritual. Qué miles de papers citando que Geertz, Ortiz, Friedemann. Y está bien yo también los leo. También los uso, son claves necesarias.
Pero antes que todo eso San Onofre tiene algo más simple y más profundo: un pueblo que camina con su santo porque caminar con él es caminar consigo mismo.
Lo he dicho y lo repito, lo que yo quiero con mi investigación es mostrar eso: que San Onofre ha cambiado, sí y que su procesión también. Pero que, así como el santo creció en tamaño, también creció en significado y que cambiar no es necesariamente perder: es adaptarse para seguir existiendo.
El día que vuelva a caminar detrás del santo y sé que será pronto volveré a sentir lo mismo que he sentido desde niña: que el pueblo entero late al mismo compás. Que la fe cuando es verdadera, no se guarda, se comparte. Que los hombros que cargan al santo cargan también la historia. Y que yo, que ahora escribo estas palabras, soy apenas una más entre tantas que han aprendido que el ritual no es solo un evento, es una forma de vivir.
A veces me preguntan por qué me interesa tanto este ritual. Por qué lo estudio. Por qué lo escribo. Por qué lo repienso. Y yo siempre doy la misma respuesta:
Porque San Onofre me lo enseñó antes de enseñármelo.
Por eso escribo. Para que quede dicho. Para que quede escrito. Para que nadie diga mañana que esto no fue importante. Rogad Onofre santo por quien te pide favor.