Algunas reflexiones sobre la segunda vuelta presidencial de 2026

Cayó el telón de las campañas, mientras se abre el de los escrutinios y los debates técnico-jurídicos, que difícilmente van a cambiar el panorama que dibujó la Registraduría, por la forma en que están diseñados o permitidos los procesos de nulidad electoral, así hubiesen existido prácticas non sanctas que justificasen objetivamente una revisión. Pero este asunto debe ser objeto de otra discusión. Por eso, el escenario que se avecina es el de atizar la  polarización, y la desconfianza hacia las instituciones y los procedimientos electorales, cuando lo que debió hacerse oportunamente (no durante y después de las campañas políticas), fue promover una revisión plural y ajustada a las realidades que procesos como la parapolítica, evidenciaron en el nulo enjuiciamiento (contencioso administrativo) a las practicas electorales, por lo que la Corte Suprema debió fallar con base en proxys estadísticas (atipicidades), ante la corrección formal de los procesos electorales viciados materialmente.

En el asunto de hoy, como todos vimos, se dio la votación más disputada, diferenciada regionalmente, y en líneas generales, similar a la distribución regional de la primera vuelta. Frente a la primera vuelta, se disminuyó la distancia entre uno y otro candidato, situación evidenciada por el muy informado nerviosismo de la campaña ganadora en los últimos días, cercanía que se disminuyó sólo cuando el candidato perdedor finalmente decidió hacer una campaña moderna, renunciando a los parámetros de campaña previos, que lo llevaron a perder la delantera en nuestro largo proceso electoral.

Algunos de los aspectos o temas que diferenciaron las campañas pueden ser reflexionadas desde la óptica de terceros, como es nuestro caso, sin ánimo de agotarlos, pero si invitando a su ajuste o profundización, desde el interés de considerar su valor como activo de campaña política.

1) Las camisetas de la selección Colombia y el uso en campaña del debate judicial: más allá de lo que decidieron los diferentes jueces y magistrados, el foco debe estar concentrado en los tiempos de decisión final (que sobrepasan los tiempos de campaña), considerando que una campaña es por definición corta, o limitada en el tiempo. También pesa la oportunidad de iniciar procesos judiciales. Pensar que la judicialización del uso de una camiseta iba a resolver el uso de dicha prenda que antes había sido usada profusamente en campañas recientes por los propios miembros de campaña, no solo evidenció un doble estándar; también expresa la lamentable mentalidad santanderista que impregna a nuestros partidos políticos, cuando las camisetas no son formalmente un símbolo nacional, y están disponibles para todos; además de que no apreciar las camisetas como un potencial activo de campaña, evidenció la falta de una asesoría integral desde el inicio de la contienda.

2) La selección de la fórmula Vicepresidencial: Este asunto solo se reveló trascendente en su conexión sinuosa con la salud del presidente. Por supuesto que el Vicepresidente no tiene otra función que la de reemplazar al presidente ante sus faltas, pero montar un escenario para decir que un candidato estaba totalmente sano, de manera pasada y presente, para contrastarlo con las afecciones pasadas del candidato Cepeda, fue inmoral. Esta construcción mediática sería complementada con la promoción de un reel con la invención de que Petro sería el Vicepresidente de Aida, ante una potencial ausencia de Cepeda, oportunidad hipotética para sugerir que un país complejo requiere mentes formadas en los desafíos de la administración de naciones modernas, y eso pasa necesaria y habitualmente por la formación universitaria. La respuesta de la candidata vicepresidencial aludida no fue la más afortunada al salir a desconocer las bondades de la educación superior, lo que reforzó la idea negativa sobre su escogencia. A modo de contraste, Petro escogió una candidata de otra minoría étnica, igualmente con perfil de líder social, aunque con una formación universitaria. No fue exactamente el mismo escenario. Todo lo que sugirió el reel auspiciado por la campaña ganadora, aunque ocurrió en un escenario irreal, es decir, que no se ha dado, generó mas de un comentario desaprobador de la elección de la candidata, lo que es incomprensible, dado que existen muchos perfiles sobresalientes y formados, entre los liderazgos indígenas, si esa era la apuesta. 

3) La gesticulación y simbología militarista: el uso de la imaginería militarista le salió bien a la campaña ganadora. A diferencia de otros aspectos criticados, no hubo un asomo de copia o imitación en la campaña perdedora, tal vez por la reluctancia a asociarlo con lo que ideológicamente denominan fascismo. Sin embargo vemos que el Presidente Petro no tuvo empacho en romper con la tradición civilista al frente del Ministerio de asuntos de seguridad, al poner al frente a uno formado en esos especialísimos asuntos. No le falló la intuición, y ese Ministerio se estabilizó, porque uno que entiende a los suyos, sabe como trabajar con ellos. La campaña perdedora o sus defensores mediáticos despotricaron y pasaron a la defensiva frente al uso de la ritualidad y gestualidad militarista, sin apreciar su conexión con los valores nacionalistas (hasta el M-19 lo tuvo presente). Es decir, les faltó el pragmatismo, y flexibilidad mental, propio de un partido de gobierno, que afronta las complejidades de la realidad. Todas las sociedades contemporáneas requieren fuerza pública, y gente que se especialice en esos asuntos, pero en la tradición de la izquierda latinoamericana se enjuicia a la fuerza pública y sus miembros, cuando no se está en el gobierno (por supuesto, por los abusos sistemáticos que protagonizaron contra los DDHH de la ciudadanía militante en esas décadas), pero se usa al ala militar y policial cuando se está al frente del gobierno, como una necesidad práctica, o aún se abusa de ese poder, cuando alguno de estos regímenes muta en el autoritarismo (Nicaragua, Venezuela, etc). Es decir, la descalificación al asunto militarista es una pose infundada, que tal vez tenía razón en los 70s, u 80s, pero desconoce la propia historia reciente de la relación de la izquierda latinoamericana con el poder militar-policial, quedándose una campaña en la condena a su uso, cuando hay casi medio millón de personas en las armas oficiales, y otro tanto más de retirados, más sus familias, que agradecen la relevancia que les dan desde un gobierno (como lo hizo sagazmente Petro en el asunto salarial, y al designar un general retirado con Mindefensa), y en una campaña. Todo un grupo poblacional fue demeritado por la rigidez de una campaña, arrojándolos en brazos del antagonista triunfador.  

4) Las alusiones religiosas: ambas campañas acudieron o realzaron la dimensión religiosa, y a Dios, de la tradición judeocristiana, o a la deidad, o alguna forma de trascendencia propia de otras tradiciones culturales. También es claro que la campaña ganadora en momentos fue rezandera, tradicionalista, y su líder aun renunció a las descalificaciones públicas que antes había hecho de la religión, algunas iglesias, o las creencias, y le salió bien, lindando en el abuso de la nueva pose. Su apuesta incluyó la promoción de las metas más fundamentalistas de este tipo de líneas divisorias políticas (matrimonio y parentalidad heterosexual, restricción al aborto).

La campaña perdedora promovió débilmente la pluralidad religiosa, en especial con el apoyo de las minorías religiosas ajenas al espectro católico y protestante, sin ahondar en los temas relacionados con la fe. La campaña perdedora, y la izquierda en general, no solo en esta campaña, han dejado instalar el relato de que la izquierda es antirreligiosa, tal como aconteció en las luchas de la segunda mitad del siglo XIX, donde los liberales eran señalados de ateos. Es un asunto que debe reflexionarse con amplitud de miras, dado que muchos de los militantes de la izquierda (presentes y pasados) son devotos creyentes, y aunque la religiosidad ha variado, y avanza el secularismo, todavía hay una gruesa proporción poblacional que es movida, entre otras dimensiones, por las creencias religiosas, lo que no es impedimento para acoger ideas políticas de izquierda.

El reverendo bautista Martin Luther King, o actualmente James Tallarico, el seminarista demócrata texano, tal vez puedan ser espejos en el que pueda verse la izquierda colombiana en el futuro, combinando una amplia y dinámica agenda social, con su fuerte identidad religiosa, considerando además a John Rawls y Habermas, quienes tratan las legítimas demandas de consenso o la esfera pública pluralista propia de las sociedades contemporáneas, que incluye los intereses del actor religioso.

5) El uso de redes sociales y de la campaña digital: fue la apuesta en la que se jugó desde el inicio la campaña ganadora. Y como en otros lares (Obama, Mamdani, Trump), y aquí mismo (Rodolfo Hernández en primera vuelta, Santos en la segunda vuelta frente a Antanas), la apuesta rinde réditos sustanciosos, como lo dijera previamente en las reacciones a la primera vuelta publicada en este mismo medio. Esta decisión es el core de una campaña política moderna. La campaña de Cepeda solo tardíamente aceptó acoger una verdadera campaña digital, en la que no hubo tiempo de generar las habilidades requeridas en su candidato para la elaboración de piezas audiovisuales cortas, concisas, y frescas; ni se buscó localizar, situar y contrarrestar debidamente los fakes, logrando generar representaciones sociales infundadas en porciones del imaginario del electorado. Esta última característica fue una práctica prominente de la campaña de Obama, que localizaba territorialmente los fakes, y diseñaba una pieza (digital o análoga) para contrarrestar localizadamente los mensajes de robot calls (o piezas difamatorias automatizadas por vía telefónica), videos televisivos o volantes impresos. En la elección que acaba de terminar, no todos los fakes son producidos por las campañas, ya que los seguidores diseñan muchas piezas, y su éxito hace que algunos fueran acogidos por las campañas.

En cualquier caso, la campaña perdedora a pesar del corto tiempo en que tuvo vía libre, logró descontar, producto del aporte descentralizado de miles de adherentes, generando gran inquietud en la campaña ganadora.

La enseñanza que queda, es que un candidato, aun con respaldo institucional, que fue evidente en el apoyo abierto de Petro, y una autopercepción de seriedad, ajena al comercio de su imagen, si no acoge las nuevas herramientas del marketing político, está condenado al fracaso, si el antagonista es un usuario hábil, como fue la campaña de ADLE.

6) La construcción de una imagen como outsider: la campaña ganadora afianzó su discurso autoproclamándose ajena a los partidos y las élites tradicionales, y tal vez en esto último tiene razón: ADLE no es miembro orgánico de las élites nacionales, y en ese sentido es un verdadero outsider, mientras que pudo catalogar a Cepeda como el vocero o continuador de Petro, es decir, en últimas instaló el relato virtual de que Cepeda era el establecimiento. Vistas las alianzas que caracterizaron las campañas, ambos fueron apoyados por sectores tradicionales de la política colombiana, aunque evidentemente cargados mayoritariamente hacia la campaña de ADLE, pero también está claro que Cepeda no era el candidato preferido de la gran banca, del gobierno norteamericano, ni en general, puede decirse que fuera el candidato del statu quo; sin embargo la campaña de Cepeda no logró desvirtuar a cabalidad la pretensión de outsider y de pertenencia a “los nunca”.

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