Hablar de la vida barrial es convocar memorias, no es solo un conjunto de calles o casas, es una red de relaciones que se compone de distintos actores/sujetxs que son atravesadxs por vivencias, afectos y otras formas de vivir y visionar el habitar propio. El barrio constituye uno de los primeros espacios de socialización, donde se entrecruzan trayectorias, dinámicas colectivas y procesos sociales que muchas veces exceden la experiencia inmediata de quienes lo habitan.

Esta columna nace sin querer queriendo de un espacio en el que evocamos la memoria, a través del ejercicio social de mojar la palabra (el diálogo intervenido por unas cervezas). En medio del diálogo, hablábamos sobre la vida barrial por la que cada unx está atravesadx desde las experiencias propias. Sobre aquello que durante las infancias era parte de una normalidad cotidiana, pero que adquiere  nuevos significados cuando es observado y pensado desde la distancia que otorgan los años y la reflexión.

El barrio no resulta ser un espacio homogéneo de experiencias universales. Nuestros relatos se sitúan en dos barrios de dos pedacitos del Caribe colombiano: Villa Bella en Santa Marta (Magdalena) y Villa del Sol, en Maicao (La Guajira). Aunque responden a contextos particulares, ambos reflejan cómo las experiencias barriales se encuentran atravesadas por procesos más complejos relacionados a la urbanización popular, las disputas del territorio, las relaciones sociales que se tejen, la pobreza, la presencia diferenciada del estado y las formas locales de organización comunitaria.

Sofía

Mi memoria alrededor de la vida barrial en la ciudad de Santa Marta se desprende en dos escenarios. Uno, en el recuerdo escaso cuando estaba muy infante, a eso de los 3 años, cuando vivía en el barrio Los Almendros, en un apartamento al lado de una tienda. Mi recuerdo ahí es grato, aquí resalto los cuidados de una familia que me acogió y cuidó en su momento, por las ocupaciones de mis padres. En ese momento mi mayor ocupación era jugar en una terraza con rejas, con supervisión, en un callejón. En este primer escenario, conocí vínculos de cuidados y afectos ajenos a mi círculo familiar, algo que personalmente, considero caracteriza y prima en las redes que se construyen en la vida barrial.  

Fue pasar de los Almendros a un barrio conocido popularmente como Villa Paraco (actualmente nombrado Villa Bella). Me cuentan mis padres que en ese entonces (2005), las casas que había eran contadas, casi todo era puro lote, puro monte. En mi memoria, los primeros años de habitar este barrio, se basan en una infancia rodeada de niñxs; de estar jugando con los niñxs desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche; en algunas ocasiones de no poder salir del bordillo de la casa porque era peligroso (peligro que, en ese momento, en mi racionalidad no era evidente). La calle era pura tierra, lotes con monte, polvo y piedras.  

Aquella calle de tierra y huecua’ (que hoy en día está pavimentada), fue el escenario principal de infancia de un par de niñxs que nos acompañamos un pedacito de vida. A eso de las 5 de la tarde hasta las 8 o 9 de la noche, solo se veían pelaitos corriendo, manejando cicla, jugando al boliche, al escondio’, al chicle, montándose en la buseta y el camión de los vecinos que parqueaban en el frente de la casa. Asimismo, reconozco mi experiencia en el barrio, atravesada por transformaciones físicas y espaciales. Aquella calle polvorienta, los lotes vacíos y las casas a medias que constituyeron el paisaje por un tiempo, fue dando paso a una calle pavimentada, nuevas construcciones y procesos de crecimiento urbano, que modificaron la apariencia del barrio. Con ello, también cambiaron las dinámicas de habitarlo y transitarlo.  

Personalmente considero que la infancia en aquella cuadra fue grata a pesar de las adversidades y dificultades que no podían faltar, y que en su momento no dimensionaba. Así como tampoco dimensionaba las realidades de lxs niñxs con los que compartía. De manera que, a medida que iba creciendo iba siendo más consciente de las realidades ajenas que han atravesado aquella cuadra.  

Recuerdo que una vez iba en un taxi con mi mamá, ella, al indicarle al taxista que íbamos para el barrio Villa Bella, el taxista quedó extrañado. A lo que el taxista relaciona y dice algo tipo: “Ahh, Villa Paraco”. Después de esto, percibo que mi mamá se molesta con el señor y entran en una pequeña discusión, porque el barrio dejó de llamarse así hace mucho tiempo. Yo estaba algo pequeña, no entendía por qué tanto bololó por un nombre. Con el tiempo comprendí que aquella denominación no era casual, sino que remite a una memoria marcada por la presencia y el control paramilitar en la zona.  

Indagando en páginas web, encontré una columna de El turbión, una organización tecnoactivista que promueve el periodismo independiente. Federico Franqui (2010), plantea que Villa Paraco1 emergió a partir de la invasión de terrenos liderada por grupos paramilitares en Santa Marta, quienes se apropiaron de los barrios que se sitúan a un costado de la Avenida del Río. Se apropiaron, lotearon y comercializaron extensos predios a bajos costos, consolidando así una ocupación urbana atravesada por dinámicas de violencia y poder. La parainvasión funcionó como una estrategia de control social y territorial, donde se regulaba la vida cotidiana, las disputas barriales y las relaciones políticas del sector. Los paramilitares construyeron casas, arrendaron propiedades y conformaron agrupaciones de barrios bajo una legalidad táctica, en medio de la aparente vigilancia estatal. Se apropiaron violentamente de los terrenos, levantaron construcciones, administraron arriendos y consolidaron varios barrios, ante la insuficiencia de las estructuras gubernamentales.  

En lo que en mi memoria concierne, sobre las dinámicas internas de la cuadra, permanece la imagen de una de las niñas con las que jugaba, acercándose con frecuencia donde lxs vecinxs buscando colaboración para completar las comidas diarias. Eran cuatro hermanxs a quienes su madre debía sostener sola, en ausencia del padre, quien había sido privado de la libertad por tráfico de drogas. También escuchar de x personaje, dueño de tres esquinas constituidas de dos construcciones de tres a cuatro pisos de apartamentos, una ferretería sobre una de estas y, un local de alquiler de maquinaria para construcción. Así también, escuchaba decir que un vecino, que tenía dos casas una al lado de la otra, varias camionetas y aparentemente una vida cómoda, fue encarcelado porque, según se decía, estaba involucrado en negocios ilícitos. Lxs oficios de lxs vecinxs eran varios (algunos desconocidos), había quienes “tenían” más que otrxs, en términos económicos, de bienes raíces y materialidades.  

Con el paso de los años, comprendí que aquella calle no fue ni es, solamente un escenario de infancia compartida, por ejemplo, sino que también lo concibo como un territorio atravesado por múltiples realidades ajenas. Por un lado, se trató de un espacio de encuentro, juego y libertad, así como también un lugar donde se expresan desigualdades económicas, ausencias familiares, economías informales y antecedentes de un contexto marcado por la violencia y el control territorial. Las experiencias barriales no se construyen únicamente desde los afectos, sino también desde las tensiones y contradicciones que configuran la vida cotidiana. El barrio como un lugar de aprendizaje sobre la convivencia, la solidaridad y la diferencia.  

Gustavo.

Nací en Maicao, La Guajira, y viví gran parte de mi infancia en un barrio conocido como Villa del Sol. En aquel entonces, más que un barrio consolidado, era una invasión ubicada en la periferia del municipio. Hacia el año 2010, aproximadamente, mi mamá estuvo involucrada en los procesos de adjudicación de viviendas que el gobierno de turno entregaba a familias de escasos recursos. Recuerdo que, por esos años, Villa del Sol tenía más apariencia de una ranchería improvisada que de un barrio propiamente dicho. Las calles no estaban pavimentadas, no había andenes y el paisaje estaba dominado por la arena. Cuando el viento soplaba con fuerza, levantaba nubes de polvo que se colaban en las casas, cubriendo muebles, ropa y cualquier objeto que encontrara a su paso.

Las condiciones de vida eran difíciles, pero para quienes crecimos allí esa realidad era parte de la cotidianidad. Los niños jugábamos en las calles de arena sin pensar demasiado en las carencias materiales que nos rodeaban. Recogiamos el agua cuando llovia y al mismo tiempo disfrutabamos de bañarnos bajo ella. Sin embargo, con el paso de los años he comprendido que aquel entorno reflejaba profundas desigualdades sociales y el abandono histórico que han sufrido muchos sectores populares de la región.

La ubicación de Villa del Sol también marcaba la dinámica económica y social del barrio. Al ser una invasión cercana a una de las principales rutas de acceso desde Venezuela, era frecuente la circulación de gasolina de contrabando proveniente del vecino país. En aquella época, el combustible venezolano formaba parte de la economía cotidiana de muchas familias fronterizas. Los camiones que transportaban la gasolina eran conocidos popularmente como “borradores”. El apodo no era casual. Eran vehículos que avanzaban a gran velocidad, cargados con grandes tanques de combustible, y no se detenían por nada ni por nadie. Cuando se divisaban a lo lejos, las personas procuraban apartarse del camino inmediatamente. Había una especie de “acuerdo tácito”: todos sabían que era mejor hacerse a un lado.

Esa presencia constante del contrabando evidenciaba una realidad que hoy entiendo como compleja. Para muchos habitantes de la frontera, estas actividades representaban una fuente de ingresos o una forma de supervivencia ante la falta de oportunidades laborales. Aunque se trataba de una práctica ilegal, para quienes crecían en esos contextos era percibida como algo normal, incorporado al paisaje cotidiano. Solo años después uno logra entender las implicaciones económicas, políticas y sociales que existían detrás de esos intercambios fronterizos.

La calle ocupaba un lugar central en la vida comunitaria. Allí se jugaba fútbol, se montaba bicicleta, se conversaba con los vecinos y se resolvían muchos de los conflictos cotidianos. No era necesariamente un espacio pensado para la recreación o la convivencia; simplemente era el único espacio disponible. La ausencia de parques, bibliotecas o centros culturales hacía que la vida social se desarrollara en medio del polvo, el calor y la informalidad de las calles.

Otro recuerdo recurrente de aquellos años era la llegada del Ejército. En ocasiones aparecían camiones militares que recorrían el sector buscando jóvenes en edad de prestar servicio militar. Su presencia generaba inquietud entre muchas familias, especialmente entre quienes tenían hijos adolescentes. Desde la mirada de un niño, aquellas escenas parecían normales; sin embargo, vistas en retrospectiva, revelan una forma particular en que el Estado se hacía presente en el territorio. No llegaba principalmente a través de servicios públicos, espacios educativos o programas culturales, sino mediante instituciones asociadas al control y la seguridad.

Entre el contrabando, la pobreza, la informalidad y las intervenciones militares, la vida continuaba. Las familias trabajaban, los niños crecían y las comunidades encontraban maneras de adaptarse a las dificultades. Mirando hacia atrás, comprendo que haber crecido en Villa del Sol me permitió conocer de cerca las complejidades de la frontera colombo-venezolana y las múltiples estrategias que desarrollan las personas para construir su vida en contextos de precariedad.

Reflexión acorde a los relatos  

Hablar de la vida barrial es convocar memorias que nunca son solo personales. Son el sedimento de historias colectivas que se acumulan en una cuadra, en una esquina, en el nombre popular de un barrio que la gente insiste en no pronunciar en ciertos contextos. Sofía creció en Villa Paraco (Villa Bella en los papeles, pero Villa Paraco en la memoria de quienes saben por qué se llama así), y Gustavo en Villa del Sol, donde la calle era de tierra y por ella circulaba gasolina de contrabando desde Venezuela. Dos barrios, dos pedacitos del Caribe colombiano, atravesados por una misma condición: la presencia del conflicto no como evento excepcional, sino como fondo de la vida cotidiana.

La infancia no es inmune a eso, pero tampoco lo traduce de manera directa. Los niñxs de Villa Paraco jugaban al escondido en la misma cuadra donde operaba una lógica paramilitar de control territorial. Los pelaos de Villa del Sol corrían en la misma calle por donde pasaban los borradores cargados de combustible de contrabando. El peligro no era invisible, había bordes, advertencias, zonas que no se pisaban después de cierta hora, pero tampoco tenía nombre claro en la racionalidad infantil. Esa es precisamente la condición de la infancia barrial en contextos atravesados por la violencia: se habita el territorio antes de comprenderlo. La comprensión llega después, por capas, muchas veces a través de lo que los adultos callan por seguridad.

Lo que sí era legible desde chicos era la desigualdad. En la cuadra de Sofía había quienes buscaban colaboración para las comidas y quienes tenían varios apartamentos y camionetas. En la de Gustavo, entre el contrabando y las redadas, la presencia del Estado no llegaba como servicio sino como amenaza en camión. Las asimetrías no necesitaban explicación teórica para ser sentidas. Se vivían en la diferencia entre quiénes podían salir del bordillo y quiénes no, entre quiénes jugaban hasta las nueve y quiénes no aparecían.

Y luego llegó el asfalto

La pavimentación de los barrios populares fue celebrada, y con razón: el polvo, el barro, los huecos no son pintorescos cuando son tu realidad diaria. Nadie que los haya vivido los añora como condición. Pero la calle destapada tampoco era el paraíso de la sociabilidad espontánea que a veces la nostalgia construye. En Villa del Sol, la tierra era el escenario de los borradores que no frenaban. En Villa Paraco, los lotes vacíos y el monte eran también el perímetro de un control territorial que usaba la informalidad urbana a su favor.

Lo que sí es cierto es que la pavimentación trajo consigo una reconfiguración de los usos del espacio. La calle de tierra era rugosa, lenta, en ella se negociaba el paso. La calle pavimentada acelera, jerarquiza, convierte el espacio compartido en corredor. Los pelaitos que corrían de las cinco a las nueve de la noche en aquella cuadra polvorienta no desaparecieron porque llegó el asfalto, pero el asfalto sí fue acompañado de otras transformaciones: más carros, más velocidad, la calle como vía y no como sala de estar.

Lo que se pierde no es la tierra, lo que se pierde es una forma específica de apropiarse del espacio que la precariedad, paradójicamente, habilitaba. Y eso no justifica la precariedad. Obliga, más bien, a pensar qué tipo de transformación urbana produce mejores condiciones materiales sin destruir las redes de sociabilidad que la gente construyó, a pesar de todo, en los espacios de lo que no había.

La memoria barrial no es nostálgica, es contradictoria como los barrios mismos. Son espacios de afectos y de violencias, de solidaridad y de desigualdad, de infancia y de historia que los niñxs no podían ver todavía. Evocarla es reconocer que ningún barrio popular es solo un escenario de carencias, pero tampoco es solo un depósito de resistencia y comunidad. Es ambas cosas, en tensión permanente, y esa tensión es la que vale la pena nombrar.

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