Por: Fabio Silva Vallejo. Profesor e investigador de la Universidad del Magdalena
“La diferencia cultural se celebra, pero solo si no cuestiona las estructuras que la subordinan.”
—Walter Mignolo.
“Reconocer al otro no es suficiente. Es necesario transformar las condiciones históricas que lo excluyen.”
— Catherine Walsh.
“El racismo estructural no desaparece con el reconocimiento simbólico. Cambia de forma y se adapta al nuevo orden neoliberal.”
— Rita Segato.
La ciudad de Santa Marta, la más antigua de Colombia y una de las primeras fundadas por los conquistadores españoles en las Américas continentales, está celebrando sus quinientos años de existencia. Sus playas caribeñas, la proximidad a la Sierra Nevada y la diversidad étnica y cultural hacen de Santa Marta la ciudad multicultural por excelencia que se conoce. Sin embargo, el «multiculturalismo» parece ser en gran medida solo una construcción simbólica, al servicio de intereses estatales, turísticos y comerciales, sin expresar genuinamente un nivel de coexistencia plural y justa entre los diversos pueblos que la habitan. En toda América Latina, el discurso del multiculturalismo ha sido denunciado por corrientes como el pensamiento decolonial, los estudios críticos de raza y el feminismo interseccional dentro de diferentes vertientes del discurso. Estas críticas plantean la cuestión de si la reconocida diversidad cultural no ha llevado a profundas transformaciones de las relaciones de poder. En el caso de Santa Marta, las celebraciones oficiales, los festivales de diversidad cultural, las referencias al patrimonio indígena o afrodescendiente, y cosas por el estilo, son más sobre crear un espacio en un museo que expresar una ciudadanía intercultural plena.
Multiculturalismo como cooptación estatal.
Santa Marta ha sido así una ciudad cultural a lo largo del tiempo: comunidades indígenas (Koguis, Wiwa, Arhuaco; Chimilas; Tagangeros, etc.) y afrodescendientes desde la esclavitud; campesinado desplazado, colonos europeos y migrantes del Medio Oriente. Sin embargo, esta rica cultura ha sido absorbida en la narrativa institucional más como folclore o atracciones turísticas que como una fuerza significativa en la configuración de decisiones territoriales y de desarrollo o estructuras de gobierno. El reconocimiento de la diversidad—como es el caso en gran parte de América Latina—ha servido como una forma de dar cuenta de la diferencia sin redistribuir el poder. Las culturas indígenas y afrodescendientes se celebran en momentos particulares, pero sus tierras están amenazadas por el desarrollo turístico, la minería ilegal o el narcotráfico, a menudo en complicidad con el estado o con grupos económicos regionales. Esta cooptación simbólica también se ha visto agravada a través de acciones y actividades directas o indirectas de actores armados como el paramilitarismo, que, en lugar de funcionar solo como un medio de control territorial, ha operado en la región como un aparato de disciplina cultural. Las comunidades afrodescendientes e indígenas han enfrentado despojo, supresión y represión en aras de la «seguridad» o el «progreso» bajo el amparo del poder económico y las autoridades locales. El multiculturalismo de los festivales contrasta con los recuerdos de terror y despojo que permanecen vitales en los márgenes invisibles de la ciudad. La ausencia histórica del estado en las áreas rurales y periurbanas de Santa Marta ha permitido que actores armados ocupen ese vacío con sistemas de control social que imponen una economía moral autoritaria. Estas economías morales—las estructuras y prácticas simbólicas que definen la justicia, la legitimidad y lo que es aceptable en un contexto social—han sido reorganizadas por grupos armados para legitimar su ganancia de poder. Las prácticas sociales tradicionales fueron así suplantadas por normas impuestas ante la amenaza, y valores como la solidaridad o la justicia subordinados a lógicas de miedo, denuncia y dominio territorial. El paramilitarismo no solo se apoderó de territorios, sino que también definió lo que era correcto y lo que era posible, remodelando y transformando las relaciones socioculturales a nivel regional. Al hacerlo, la mayoría de estas prácticas culturales no fueron consideradas tradiciones válidas y se vieron como peligrosas o subversivas. El castigo, el silencio y el desplazamiento proporcionaron herramientas para construir comportamientos, estableciendo una «moral del orden» que superó los referentes éticos ancestrales o populares. A esto se suma la cooptación simbólica del multiculturalismo por parte del estado y la violencia disciplinaria del paramilitarismo, lo que resultó en un proceso de doble vía de folclorización e intimidación de la sociedad, que socava la posibilidad de una agencia genuina en la vida del Estado.
La fetichización de la diferencia cultural.
Por esa razón, el multiculturalismo samario se transforma en una marca comercial. Las mochilas indígenas se colocan en centros comerciales, los bailes afro se presentan para turistas, y la Sierra Nevada es una imagen de postal. Pero esta visibilidad despolitiza las luchas pasadas de los pueblos que habitan la región. Los argumentos por la justicia ambiental, la autodeterminación y la reparación histórica se descartan o desplazan en interés de una narrativa de «convivencia pacífica» que apoya intereses neoliberales. Así, las culturas se convierten en productos, y los pueblos sirven como exponentes del exotismo. Este tipo de lógica de mercado, que convierte la diferencia en un recurso, responde al modelo de multiculturalismo neoliberal, en el que la diversidad se convierte en una moneda, siempre que sea coherente con y promueva el modelo económico dominante o la distribución del poder.
Racismo estructural y silencio.
En este entorno multicultural, Santa Marta todavía replica profundas jerarquías raciales y sociales. De manera similar, la población afrodescendiente sigue estando social, cultural y económicamente subdesarrollada en las áreas más importantes como la salud pública, el empleo y la educación. Además del reconocimiento simbólico, los pueblos indígenas deben esforzarse persistentemente por la autodeterminación bajo el impacto de los intereses extractivos del estado. La sociedad de Santa Marta sostiene, de muchas maneras, una estructura de poder y conocimiento colonial que tiene su centro en lo blanco, urbano y mestizo, con lo indígena o afro en los márgenes. El multiculturalismo en este contexto es una forma de neutralizar el conflicto social. Estas «otras culturas» pueden ser reconocidas pero no pueden cuestionar, disputar o cambiar los sistemas que las mantienen subordinadas. Lo que sigue faltando es un diálogo real, es decir, la oportunidad para que estas culturas no solo sean toleradas o celebradas, sino que también sean participantes iguales en la co-construcción del proyecto de ciudad unificada. El racismo estructural se manifiesta en la persecución selectiva, a través de la persecución de grupos paramilitares, que establecen un orden basado en la exclusión y la intimidación. En muchos barrios populares, a lo largo de caminos rurales o en reservas indígenas, la cultura fue objeto de violencia. La organización comunitaria, la expresión política o la práctica ancestral parecían sospechosas o subversivas. Así, el multiculturalismo institucional se emparejó, en la práctica, también con una cultura de silenciamiento forzado.
Santa Marta enfrentando sus 500 años.
La conmemoración de los 500 años de Santa Marta ya no debería ser una narrativa festiva que embellece el pasado, sino más bien una oportunidad crítica y transformadora. ¿Qué significa celebrar medio milenio en una ciudad que se forjó en el despojo colonial y que hoy sigue llena de desigualdades estructurales? ¿Cómo se habla de multiculturalismo en un lugar donde las culturas aún son jerarquizadas, folclorizadas o incluso marginadas? Santa Marta, ahora, tiene la oportunidad de revisar su propia historia de manera decolonial, en la que se reconozca como un espacio de diversidad, pero también busque reparar la violencia de la historia y reafirmar derechos.
Esto significa que el multiculturalismo no es solo un gesto vacío —simbólico o administrativo—, sino que se traduce en políticas reales de redistribución, representación y autonomía. Llama a una ciudad y una visión que no acepta que no está feliz de deleitarse en su diversidad y la abraza y respeta, pero también que la reconoce por lo que es, un agente vivo en el corazón de cada decisión importante tomada sobre la infraestructura de la ciudad.
El verdadero multiculturalismo —el verdaderamente multicultural que transforma y no solo decora— no puede prosperar en un mundo de conflicto, de disputa, de hablar sin diálogo. Y celebrar los 500 años de Santa Marta es también el momento de preguntarnos: ¿De quién es esta ciudad? ¿Quién la ha construido? ¿Y quién tiene permitido imaginar su futuro? Recordar 500 años sin entender el papel de actores tan dispares como el paramilitarismo en reordenar la tierra como tal mantendría una estructura de historia incompleta y perezosa. La violencia contemporánea no es solo interrupciones del orden multicultural: es otro hilo en el mismo tejido desigual que ha llevado a la subordinación de la vida cultural en el Caribe a través del terror, el despojo y la impunidad.
En este sentido, un tipo de multiculturalismo administrado (que identifica la diferencia, aunque al mismo tiempo falla en redistribuir el poder dentro de la comunidad), frente a una interculturalidad transformadora (que implica diálogo, tensión y toma de decisiones activamente comprometida). El multiculturalismo funciona como una herramienta de inclusión simbólica —beneficiosa para el turismo, la diplomacia cultural o las estadísticas oficiales— pero la interculturalidad crítica implica romper las jerarquías coloniales que estructuran la ciudad, redistribuir recursos y reconocer la autonomía de los pueblos que habitan en ella.
A Santa Marta no le falta más enfrentamientos de diversidad; le falta la práctica activa del diálogo, la reparación y la justicia. Pasar de una narrativa folclorizada al reconocimiento político significa reescribir la historia e imaginar el futuro desde aquellos siempre dejados de lado por la tradición. En su conmemoración de 500 años de Santa Marta, Santa Marta tiene la oportunidad de despojarse de la apariencia de multiculturalismo y avanzar hacia una interculturalidad verdaderamente emancipadora.
Finalmente, Santa Marta no necesita atracciones coloridas o días de fiesta sin memoria. Lo que requiere es una escucha real —una ciudad que esté dispuesta a ser desafiada por las voces que la sostienen. Una celebración de la diversidad no puede ser suficiente sin cambiar la desigualdad. Tal vez entonces no quedaremos a la sombra del multiculturalismo obvio y abriremos puertas a la interculturalidad en lugar de la ornamentación, sino que incomodaremos, cuestionaremos y liberaremos.